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Palabras en honor a mi computadora caída

 





 

(Texto escrito en febrero de 2016)

Quería empezar este artículo hablando sobre mis afanes por volverme escritor y no de cómo obtuve mi primera máquina de escribir Olivetti y mi primera computadora portátil, y fui feliz mientras escribía. Quería empezar por hablar de esos escritores fantasmas que dejan honda huella en los estantes polvosos de olvidadas y apocalípticas bibliotecas de los últimos tiempos en que nadie se atreve a entrar a las bibliotecas públicas porque los fantasmas de los escritores muertos pueblan sus recoletos pasillos.

No sé si fue en esa lejana infancia mía que ya no me acuerdo casi nada, o en esa adolescencia maldita donde lo único que sé, fue que me deshice de una patria incomprensible, o en esa licenciatura de errante frecuentador de bibliotecas chetumaleñas y de otras bibliotecas perdidas a lo largo del manso y desolado Hondo, lo cierto que un día me vi leyendo un libro de Paz, al otro día deletreaba los versos de los poetas malditos, y de ahí me incrusté a ser lector ferviente de la narrativa latinoamericana: leí a argentinos, a chilenos, a cubanos, centroamericanos y muchos mexicanos. Al principio la lectura fue difícil, tantas palabras desconocidas para el rupestre léxico que me habían heredado mis mayores, me hacían todavía más lenta la tarde con sus noches cálidas chetumaleñas, mientras un diccionario Larousse arreglaba el asunto y un cigarro atabacado de pringas de café me daba una tregua al sueño blanco de la madrugada desierta. Mi formación lectora comenzó a tan tarde edad, entre los 18 y los 25, años difíciles para la lectura sosegada cuando de vez en cuando ésta era interrumpida por una lejana voz femenina que llegaba y aparecía como fantasma.

Yo no fui el lugar de sus apariciones,

conmigo no contempló el alba errante

 ni fue feliz un instante,

yo no le escribí versos frente al muladar de la bahía.

Estoy leyendo ahora, entre las frugales oportunidades de leer como dios manda que me permiten los días omitidos, la biografía autorizada de García Márquez escrito por el historiador inglés Gerald Martin, y antes he leído biografías de Borges y Rulfo, trabajos sobre la creación verbal, y casi siempre se me viene a la mente que el escritor exigente debería ser, antes que nada, antes que todo, un lector monstruo que todo lo esté leyendo desde esos años en que  mi abuelo se ponía a contarnos historias de aparecidos, esos años en que, a falta de pocos libros comprados por mi padre el obrero, uno leía sus libros de textos de primaria, incluido los papeles viejos de las calles, como aseguraban que leía el padrastro del Caballero de la Triste Figura, etcétera. Recuerdo la primera vez que leía al Quijote, fue tanta la emoción y la empatía que tuve por ese par y esa voz dubitativa y omnisciente y esas ancas poderosas con olor a ajo de Maritornes, que en vacaciones volvía al discurso inacabado.  

Y conocí a Borges, y como siempre he tenido memoria (yo no tengo derecho a pronunciar esa palabra borgiana), Borges, al igual que Paz, son como esos árboles enormes que uno ha visto entre las memorias disgregadas de los viejos que caminaron una vez el Territorio de Quintana Roo en busca de la fiebre del chicle: fue cuando conocí el proceso de ramificación de las lecturas, un autor te lleva a otro, Borges y Paz te llevaban a obras, autores, temas y pasajes históricos, mapas de la imaginación construidas con una cartografía efímera.

Para escribir y ser escritor, consideraba, sigo considerando, primero hay que tener una disciplina lectora. Me ha sorprendido mucho esa disciplina que tuvo en sus años de formación el necesario comunista hormonal Saramago (se leyó estantes completos de la biblioteca pública de Lisboa), y si nos ponemos a leer los cuentos de Bolaño, uno se irá de culo al saber la obsesión por la lectura de los realvisceralistas. Por cierto, el que no considere a las bibliotecas públicas como remansos de tranquilidad y espacios civilizatorios donde se puede practicar el viejo oficio de traficantes de libros, ese, ese que deje de seguir leyendo.

No quiero hablar, aquí, de mis años fuera de la ley en que practiqué, con fortuna precaria, el arte de traficar libros por todas las comarcas de la Península. Ese es otro cantar.

Lo que sí quiero preguntar es ¿comenzar a leer para escribir después?, ¿primero leemos y después escribimos, o escribimos y leemos al mismo tiempo? Yo creo que no existe un orden universal en la lectura de uno, yo creo que uno debería, siguiendo a Borges, leer lo que se le plazca, pero desde luego, uno debería estar siempre constantemente moviendo el muñón, o haciendo el ruido con el teclado, o fingiendo que hace ruido con el teclado, o garrapatea la libreta con un bolígrafo de 4 colores. Pero aquí yo no voy a hablar de mis afanes por escribir, de mis silencios de imprenta forzada, o de mis poemas lejanos que se arrastran en unas libretas extraviadas.

Yo voy a hablar de esa crisis que tengo ahora con mi mecanismo escritural: el diciembre pasado mi viejo ordenador portátil desportillado sufrió un tremendo desperfecto: la S del teclado murió, dejó de verse en el albo Word, yo entré en un pánico tremendo, dejé  de escribir y dudé de la felicidad cósmica y mandé a la chingada la gran novela latinoamericana que, decía, estaba escribiendo. Ahora garrapateo estas páginas con una computadora prestada. He entrado en una crisis existencial nuevamente, me han dicho que el tiempo que los malditos hados me dieron para tener esta computadora de repuesto, se ha acabado, y yo dudé por segunda vez de la felicidad cósmica y de la bondad de la humanidad. Ando a un paso de la inopia intelectual juntada con la inopia económica, mi muñón agarra ahora con extrañeza el bolígrafo barato, garrapateo siempre jeroglíficos incomprensibles hasta para mí mismo, tal vez estos sean mis últimos días de teclear con impunidad manifiesta. Yo ya no seré, ahora lo sé, el lugar de las apariciones de mi escritura.



 

 

 

 

 

 

 


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