El maestro Álvaro Rivera Santín, un chetumaleño de buena madera, un hombre de teatro con una profunda sensibilidad por las artes, dejó de existir este noviembre que termina. Yo aún estoy con la tristeza por no haberle hecho la entrevista de que hablamos alguna vez. Rivera Santín, abogado de profesión de la UADY y con sensibilidad literaria, había hecho de sus frecuentes evocaciones familiares, de su abuelo que vino de luengas tierras europeas a radicarse en el viejo Payo Obispo, una manera para entender a su ciudad, la más enigmática de la Península, la más caribeña de México, aunque Álvaro nunca profesó ese sentimiento prelógico del nativista atrincherado: fue un peninsular en toda la universalidad que implica esa palabra. Fue, también, como tantos chetumaleños, un migrante hacia Mérida, la capital de la Península, donde abrevó de su rica tradición cultural. Algo que siempre admiré de su prosa, fueron esas evocaciones de su ciudad comida por otra ciudad (de la vida cotidia...
Este blog continúa con mis temas centrales y mis obsesiones cotidianas que toqué en innumerables ocasiones en Desde la Península y las inmediaciones de mi hamaca. A saber, la historia de la Península de Yucatán, la literatura, el quehacer político y la ciencia política, mis acercamientos anfractuosos con la poesía y la narrativa, el rescate de las memorias y el olvido aparente de lugares y personas. De algún modo, es un intento de modificar la realidad mediante los ejercicios literarios.