jueves, 12 de marzo de 2026

Historias del Viejo Territorio de Quintana Roo: el Ramirismo

Fuente: AGEQROO. Margarito Ramírez y López Mateos inaugurando un edificio en Chetumal, 1957.


En la primera fotografía que inserto, el presidente Adolfo López Mateos y el sempiterno gobernador del Territorio, don Margarito Ramírez (de traje albo), suben unas escaleras de un edificio en Chetumal. Era el año de 1957, le faltarían dos últimos años de gobierno a don Margarito, el hombre del exilio que ayudó a construir las bases de una larga transición del Territorio hacia el estado.
La única persona que comprendió, sin esos odios caníbales que solo se dan en provincia, al periodo de "El Ramirismo" (1944-1959), fue la desaparecida historiadora y fundadora del Archivo de Quintana Roo, María Teresa Gamboa.
En 1998, como producto de sus puntillosas investigaciones en el Archivo de Quintana Roo y el AGN, Gamboa escribió una serie de seminales ensayos sobre los años del exilio de un oscuro y antiguo maquinista de ferrocarriles, que una noche del 11 de abril de 1920 los cielos de la política nacional se le abrieron de forma total. Ese día, el joven maquinista Margarito Ramírez, de 29 años apenas, dio refugio en su humilde casa al General invicto, Álvaro Obregón, candidato a la presidencia de México sin la venia de Carranza, que necesitaba salir del cerco que Carranza ya le había confeccionado para eliminarlo; y no solo le dio comida, techo y agua, en una genialidad, también lo vistió de obrero del tren, le dio un quinqué, lo chamusqueó de hollín, y lo condujo hacia Guerrero donde hombres leales a él lo esperaban.

"La rebelión sonorense contra Carranza comenzó el 11 de abril de 1920, fecha en que Obregón se escondió en la casa del ferrocarrilero Margarito Ramírez". Dulles, Ayer en México...p. 37.


Cuando el Manco de Celaya tomó el poder, Ramírez supo que su vida cambiaría. En efecto, fue diputado federal, fue senador, gobernador interino de su estado natal, Jalisco, líder ferrocarrilero nacional, y durante 14 años, nueve meses y 14 días, el hombre fuerte del Territorio de Quintana Roo.
Los detractores de don Margarito son legión desde los primeros tiempos de sus días como gobernante del Territorio. Consideran que su largo mandato "cuasi dictatorial" fue "el más combatido y el más odiado por el pueblo” al que nunca tuvo acercamiento y vivió los años de su “exilio”, sin trabazón alguna con la población.
Se olvidan decir que el otrora Territorio de Quintana Roo no tenía los elementos suficientes para erigirse como Estado, y que habría que ver el Ramirismo como el puente largo entre la formación del estado (1880-1940), para engarzarlo hacia la modernidad y la supuesta “liberación política” a partir de 1974, donde una casta gobernante autóctona, bajo las siglas priístas, copó el poder amparada por unas reglas del juego para nada democráticos, en sintonía con el espectro político nacional, que apenas se comenzó a disgregar a partir de 1988. Los que vendrían luego, no fueron para nada diferentes, cualitativamente hablando, a la obsesión de poder que tenía don Margarito.




El loco Medina Alonso, dueño de la finca Santa Rosa



(Texto escrito el 4 de noviembre de 2016)


Viajando en "el Mayab", autobuses de segunda que son a veces hornos, y otras, hieleras; me topo con Alejandro Medina, el hijo de Armando, "el loco" Medina, el que fuera amo y señor del latifundio Santa Rosa, y quien en la fiebre del chicle inundara el Territorio de Quintana Roo con sus chicleros.
Senador por el PRI, Armando Medina Alonso obtuvo de Lázaro Cárdenas una inafectabilidad ganadera para sus 14,000 hectáreas de buena tierra (según documentos encontrados en el Registro Agrario de Mérida). Santa Rosa y Dziuché eran de él.
Dicen que dio muerte al Chino Lam en el antiguo Payo Obispo para sacar del poder al doctor José Siurob; dicen que obtuvo el dinero necesario para subir a la Montaña chiclera con su primera cuadrilla de chicleros de Tuxpan y de Peto, jugando en una cantina de Mérida a la ruleta rusa frente a los ricos de allá, que apostaron todo su dinero para que el loco Medina se volara los sesos, cosa que se quedaron esperando porque el loco sobrevivió y se agenció la fortuna de aquellos petimetres de poca monta.
Cuando Margarito Ramírez, el dictador del Territorio, le puso un impuesto honeroso al chicle, Medina protestó, y Margarito en persona se presentó a Santa Rosa para encañonar a Medina. El hombre, hijo del que fijó las coordenadas eternas del Punto Put, le dijo al jaliscience: "si me matas, conmigo se acaban tus aspiraciones de poder vitalicio". Margarito retrocedió de inmediato.
Hoy todo eso es pasado. La casona de Santa Rosa, finca azucarera, maicera y chiclera que en un lejano tiempo fue el granero del sur, tiene una pátina de olvido y de tiempo estancado.
Pocos recuerdan a Armando, el hombre que trajo a Francisco Sarabia y sus aviones a la Península cuando el ruido y furia del chicle.

Palabras en honor a mi computadora caída

 





 

(Texto escrito en febrero de 2016)

Quería empezar este artículo hablando sobre mis afanes por volverme escritor y no de cómo obtuve mi primera máquina de escribir Olivetti y mi primera computadora portátil, y fui feliz mientras escribía. Quería empezar por hablar de esos escritores fantasmas que dejan honda huella en los estantes polvosos de olvidadas y apocalípticas bibliotecas de los últimos tiempos en que nadie se atreve a entrar a las bibliotecas públicas porque los fantasmas de los escritores muertos pueblan sus recoletos pasillos.

No sé si fue en esa lejana infancia mía que ya no me acuerdo casi nada, o en esa adolescencia maldita donde lo único que sé, fue que me deshice de una patria incomprensible, o en esa licenciatura de errante frecuentador de bibliotecas chetumaleñas y de otras bibliotecas perdidas a lo largo del manso y desolado Hondo, lo cierto que un día me vi leyendo un libro de Paz, al otro día deletreaba los versos de los poetas malditos, y de ahí me incrusté a ser lector ferviente de la narrativa latinoamericana: leí a argentinos, a chilenos, a cubanos, centroamericanos y muchos mexicanos. Al principio la lectura fue difícil, tantas palabras desconocidas para el rupestre léxico que me habían heredado mis mayores, me hacían todavía más lenta la tarde con sus noches cálidas chetumaleñas, mientras un diccionario Larousse arreglaba el asunto y un cigarro atabacado de pringas de café me daba una tregua al sueño blanco de la madrugada desierta. Mi formación lectora comenzó a tan tarde edad, entre los 18 y los 25, años difíciles para la lectura sosegada cuando de vez en cuando ésta era interrumpida por una lejana voz femenina que llegaba y aparecía como fantasma.

Yo no fui el lugar de sus apariciones,

conmigo no contempló el alba errante

 ni fue feliz un instante,

yo no le escribí versos frente al muladar de la bahía.

Estoy leyendo ahora, entre las frugales oportunidades de leer como dios manda que me permiten los días omitidos, la biografía autorizada de García Márquez escrito por el historiador inglés Gerald Martin, y antes he leído biografías de Borges y Rulfo, trabajos sobre la creación verbal, y casi siempre se me viene a la mente que el escritor exigente debería ser, antes que nada, antes que todo, un lector monstruo que todo lo esté leyendo desde esos años en que  mi abuelo se ponía a contarnos historias de aparecidos, esos años en que, a falta de pocos libros comprados por mi padre el obrero, uno leía sus libros de textos de primaria, incluido los papeles viejos de las calles, como aseguraban que leía el padrastro del Caballero de la Triste Figura, etcétera. Recuerdo la primera vez que leía al Quijote, fue tanta la emoción y la empatía que tuve por ese par y esa voz dubitativa y omnisciente y esas ancas poderosas con olor a ajo de Maritornes, que en vacaciones volvía al discurso inacabado.  

Y conocí a Borges, y como siempre he tenido memoria (yo no tengo derecho a pronunciar esa palabra borgiana), Borges, al igual que Paz, son como esos árboles enormes que uno ha visto entre las memorias disgregadas de los viejos que caminaron una vez el Territorio de Quintana Roo en busca de la fiebre del chicle: fue cuando conocí el proceso de ramificación de las lecturas, un autor te lleva a otro, Borges y Paz te llevaban a obras, autores, temas y pasajes históricos, mapas de la imaginación construidas con una cartografía efímera.

Para escribir y ser escritor, consideraba, sigo considerando, primero hay que tener una disciplina lectora. Me ha sorprendido mucho esa disciplina que tuvo en sus años de formación el necesario comunista hormonal Saramago (se leyó estantes completos de la biblioteca pública de Lisboa), y si nos ponemos a leer los cuentos de Bolaño, uno se irá de culo al saber la obsesión por la lectura de los realvisceralistas. Por cierto, el que no considere a las bibliotecas públicas como remansos de tranquilidad y espacios civilizatorios donde se puede practicar el viejo oficio de traficantes de libros, ese, ese que deje de seguir leyendo.

No quiero hablar, aquí, de mis años fuera de la ley en que practiqué, con fortuna precaria, el arte de traficar libros por todas las comarcas de la Península. Ese es otro cantar.

Lo que sí quiero preguntar es ¿comenzar a leer para escribir después?, ¿primero leemos y después escribimos, o escribimos y leemos al mismo tiempo? Yo creo que no existe un orden universal en la lectura de uno, yo creo que uno debería, siguiendo a Borges, leer lo que se le plazca, pero desde luego, uno debería estar siempre constantemente moviendo el muñón, o haciendo el ruido con el teclado, o fingiendo que hace ruido con el teclado, o garrapatea la libreta con un bolígrafo de 4 colores. Pero aquí yo no voy a hablar de mis afanes por escribir, de mis silencios de imprenta forzada, o de mis poemas lejanos que se arrastran en unas libretas extraviadas.

Yo voy a hablar de esa crisis que tengo ahora con mi mecanismo escritural: el diciembre pasado mi viejo ordenador portátil desportillado sufrió un tremendo desperfecto: la S del teclado murió, dejó de verse en el albo Word, yo entré en un pánico tremendo, dejé  de escribir y dudé de la felicidad cósmica y mandé a la chingada la gran novela latinoamericana que, decía, estaba escribiendo. Ahora garrapateo estas páginas con una computadora prestada. He entrado en una crisis existencial nuevamente, me han dicho que el tiempo que los malditos hados me dieron para tener esta computadora de repuesto, se ha acabado, y yo dudé por segunda vez de la felicidad cósmica y de la bondad de la humanidad. Ando a un paso de la inopia intelectual juntada con la inopia económica, mi muñón agarra ahora con extrañeza el bolígrafo barato, garrapateo siempre jeroglíficos incomprensibles hasta para mí mismo, tal vez estos sean mis últimos días de teclear con impunidad manifiesta. Yo ya no seré, ahora lo sé, el lugar de las apariciones de mi escritura.



 

 

 

 

 

 

 


domingo, 1 de marzo de 2026

Lara Zavala y la universalidad de su literatura utilizando como trama la Guerra de Castas de Yucatán



Por Gilberto Avilez (Octubre de 2012)
El gran novelista yucateco, Juan García Ponce, reía a carcajadas cuando se le preguntaba si en su literatura existe el país de Yucatán.

Salvo tres cosas que narra en uno de sus cuentos progreseños, García Ponce difumina Yucatán de su narrativa, y se preguntaba que cómo sería posible escribir algo tan burdo como una historia ambientada en la Guerra de Castas.

En ese tópico, podría decir que Península Península, de Lara Zavala, es todo, pero no es la Guerra de Castas en sí, porque la poética narrativa de Lara Zavala trasciende, suelta los amarres del hecho histórico (la Guerra de Castas), para universalizar un contexto en el intertexto narrativo.

Es decir, el hecho histórico Guerra de Castas (y más que hecho histórico, es un hecho literario producido por las narrativas de Baqueiro, Sierra O'Reilly y Ancona en el XIX) deja de ser meramente esa anodida realidad sangrienta donde se matan indios, mestizos y blancos, para dar paso a la claridad festiva del hecho literario.
Ese es el significado primero y último que nos ha dejado la lectura de la última gran novela mexicana escrita por el oriundo de Zitilchén-Hopelchén, Lara Zavala, ambientada en el Yucatán de la Guerra de Castas.

En defensa de la poesía pueblerina

 (Poema escrito el 21 de noviembre de 2016)


La poesía no es esa mierda que escribes.
Ni esa otra ni lo otro y menos lo que piensas.
No tienes el nervio, un poeta no es una vedette de hondas caderas.
Lee lee lee como si no fueras a morir
De risa loca esta tarde.
¿Acaso no tienes respeto a la estupidez que te cargas?
La poesía no es esa plasta dulzona salida de tu bocaza.
Lee lee lee como si fueras señorita bien portada.
Entre los papeles viejos que traigo en mi alforja cargo siempre conmigo
El hacha de mi desprecio a los malos poetastros
Como tú
Presumiendo verracalidades con ripios cagafónicos.

De la poesía nómada: apuntes dispersos del Dr. Potronilo de Tihosuco




APUNTES ENCONTRADOS EN UNA VIEJA LIBRETA DEL DOCTOR POTRONILO DE TIHOSUCO, DE UNO DE SUS CURSOS DE VERANO SOBRE POESÍA CARIBEÑA QUE DIO EN JULIO DE 1982 EN LA UNIVERSIDAD DE YALE

"Desconfía de esos que se dicen poetas y son morigerados hombres balbuceantes, encerrados en esa tramoya de vida, en ese pedazo de espejo triturado que yo nombro como vida sedentaria, y que han olvidado la clave de toda poesía eterna, de esa poesía que cultivaron pueblos más salvajes y guerreros, distintos a este universo occidental aburridísimo: el viaje es la clave para entender a Homero, a Dante o hasta el último Octavio Paz. La poesía es un viaje por la imaginación, la inteligencia y la erudición, y el poeta es un ser, más que maldito, un espíritu nómada no encarcelado por ningún fetiche temporal o un dios cuartelario que te pide rezos con puntualidad. Cuídese usted de leer a poetas sedentarios, o que cultivan un amor sedentario, porque esa poesía estará llena de almorranas y ripios, de cascajo chabacano, ese poeta sedentario que no bebe y manduca su pitanza más que a sus horas y no se atreve, nunca se atreverá, a crear unos versos nómadas, a ese, y al otro también, le recomiendo que mejor los mandes al carajo".

Contra los adoradores y exégetas del Punto Put: apuntes desde mi peninsularidad

  Me extraña que algunos defensores del punto Put homogenicen a los yucatecos todos, con el adjetivo falaz de descendientes de hacendado...

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