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El supremo capón (cuento contrarrevolucionario)




 Por Gilberto Avilez

 

“Se acabó la diversión,

Llegó el Comandante

Y mandó a parar.”

 

(Letra de Carlos Puebla, aunque uno preguntaría, ¿qué es lo que mandó a parar el Comandante?, ¿el tiempo, su muerte?)

 

Allá en mi pueblo -un pueblo sin crepúsculos arrebolados que siempre fue conservador y porfiriano en sus tiempos mejores-, se decía cosas de Cuba y del comunismo, que escuchaba desde mis muy infantes años de la última década del socialismo real anterior a la caída del Muro de Berlin. Estas consejas pueblerinas iban desde alabanzas acríticas a esa gigantesca mazmorra isleña, hasta execraciones malignas proferidas por los beatos del pueblo: que de Cuba nada bueno –salvo Reinaldo Arenas, Cabrera Infante y otros grandes disidentes como Huber Matos- salió desde que llegó Fidel y “mandó a parar” y mandó a defenestrar el tiempo para imponer un único tiempo: el tiempo de la “Revolución”, petrificando hasta las olas del mar de aquella inmensa mazmorra tropical.

 

 Una de esas historias –algunas, sicalípticas si había una jinetera de ancho caderamen de por medio- que mis orejas no tan inocentes oyeron alguna vez, me la contó un viejo marxista del pueblo que quiso hacer la guerrilla subido a la Sierrita Puuc, pero que a la vuelta de su autocrítica se volvió un descreído de ronco penar de su vieja fe de idólatra “marjijta leninijjta”,  y tocaba directo a la larga longevidad del sátrapa antillano nacido de los testículos estirados de su señor padre gallego feudal, hijo de señor feudal, el sátrapa antillano burgués amanerado que estudió el derecho corrompido salido de la colonialidad cubana donde los negros siguen siendo siervos de la gleba a pesar de revoluncioncitas-sierramaestras-conchadesumadre-pelaná.

El viejo profesor ex materialistahistórico-mao-sendero-ligado23-delincuencial, en una cantina de mala muerte de aquel pueblo de no menos mala muerte, al octavo misil me preguntó algo así (sus palabras estaban trufadas de "coños" y de por "una chingada" y de “comemierdas”):

 

¿Usted sabe por qué Fidel enterrará a todos esos hijueputas que se inmolan como bestias por una ideología roja del carajo? Ya enterró a Hugo, ahora va por Evo, luego por Correa el hijo de su chingada.

 

Yo, apenado de mi supina y crasísima ignorancia, dije:              

 

No, maestro, usted cuente: ¿por qué el dictador enterrará a todos esos hijueputas comemierdas mactaes pelanaes chingada de su madre rojos pútridos sin elegancia?

 

El ex marxista, descreído de todo dogma y de todo caudillaje y anexas peladajes, contestó:

 

Es sencillo: el caballo está capado.

 

¿Cuál caballo está capado?

 

No sabes ni una chingadera de historia, ¡recoño! El caballo, para que vayas sabiendo mi querido historiador pueblerino, era el apodo que tenía en la Sierra Maestra el camaján que regentea la isla-jinetera aquella.

 

¿Así?

 

Sí, dicen que no tiene un huevo el hijueputa, y las malas lenguas aseguran que no uno sino los dos le faltan. Que es un capón, un macho dictador pero capón, como esos cochinitos que capaba tú abuelo para que no sean verracos y anden chingando la carne con sus testosteronas.

Una vez, estando en La Habana en un viaje de turista revolucionario –por las mañanas aprendía con los cubanos estrategias de guerra en un cuartel a las afueras de la ciudad, y por las noches iba de putas con todas las negras y mulatas que me encontraba sin querer, dándome el culo sin pedir nada a cambio, apenas unos mugres dolaritos-, recalé en una lancha de pescadores furtivos porque quería homenajear a Hemingway comiendo pescado frito con pan cazabe y tomando hartos litros de ron. En medio de aquel mar azul-azul de la mazmorra antillana, con algunas aletas de tiburón rodeando la barcaza, los pescadores comenzaron a contarme cosas antirrevolucionarias según yo, porque en aquel entonces todavía no había renegado de mi marxismo pueblerino. Los pescadores me decían que no tenían ni para bañarse bien ni para comer como se debe, que el colectivismo había vuelto conchudo a medio mundo, y que las universidades “revolucionarias” seguían siendo de los blancos, no de los negros ni de los guajiros:

 

“¿Has visto tú –me cuestionaron- a un médico negro?”

 

“¡En mi puta vida, ahora que lo dices, no!, pero he observado que el mercado jinetero está copado de negras, pero de esas jineteras, igual hay blanquitas culoredondos”.

 

Yo ya estaba a punto de sacar mi revolver de guerrillero y mandar a la chingada a los pescadores furtivos contrarrevolucionarios, cuando uno, el más viejo de la tribu, dijo:

 

Yo pertenecía a la guardia revolucionaria, combatí en África con el asmático asesino, y una vez, en una orgía en que el Sátrapa se cogía a Haydé hasta por las amígdalas, después de sus arrumacos, oía que ésta le decía a Fidel que se siente rebonito que le estén dando por el culo por un supremo capón. Yo entendí, del otro lado de la puerta de la alcoba del sátrapa supremo, al instante que Fidel no tenía huevos. Luego, paré bien la oreja para seguir oyendo: el Supremo Capón, practicante de la santería, le contó a Haydé que la causa de su capada, o emasculada para ser finos en la hablada, se debió a que, teniendo ya a todos sus hijos, el “macuco” santero de la Habana le dijo que por cada huevo que se cortara, 25 años de vida tendría. No había ni terminado de explicar sus razones el brujo, cuando el Sátrapa, amante de la vida, con un “filo” que traía, se descuajó ahí mismo sus mierdas.

 

El viejo profesor, bebiendo el décimo misil, con un delirio de lucidez tremens, dijo:

 

Ahora, imagínate que el hijo de su chingada hubiera nacido monstruo como mi tío Tino, que nació con tres huevos en el escroto. Capaz y que nos entierra a todos el hijueputa.

 

 

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