Barras, cocotazos, cadetes, cuello, pastelitos, conchas,
hojaldras. ¡Dios bendiga a los panaderos de mi pueblo! Para mí, la única
panadería que tengo en mi mente y en mi corazón, es La flor del trigo, la que
me dio tantas felicidades en tardes y mañanas de mi infancia, adolescencia
y primera juventud. Cuando dejé mi pueblo para ir a la universidad, cuando
regresaba en vacaciones, al día siguiente, en la mañana, me iba a comprar mis
barras y cocotazos para el desayuno. Años después, cuando Valentina y Emma
vivieron un año en mi pueblo, a ambas les le encantaba disfrutar esas barras y
panes.
Antes los panaderos pasaban con su "globo" en su triciclo y aplaudían. Ahora, los globos están en peligro de extinción, se ha cambiado el triciclo por un armatoste de moto y triciclo y han dejado de aplaudir. Ahora pasan con su magnetófono y la canción "el panadero con el pan". O gritan, "¡hay barras, panes". Se han perdido las viejas costumbres del ritual de la tarde y la mañana al comprar los panes en la Península imantada.
A propósito de esto, apunto algo que se me viene a la
memoria. En mi pueblo, hace mucho tiempo, como tres décadas, se hacían unas
"barras" muy tradicionales (los exquisitos les dicen "pan
francés"), y lo hacía un panadero pobre sin panadería que nunca supe de su
nombre, pero era el más matusalénico de todos los panaderos de mi pueblo, y que
solo contaba como capital con su viejo horno de piedras y argamasa construido
al final de su espacioso solar.
Eran unas barras chaparritas sus creaciones gastronómicas, de
grueso "noyo", un poco duras, propias para el caldo del mondongo o
para el frijol colado, y despedían un olor delicioso porque el viejo panadero,
me contó, envolvía el horno con palma de coco, utilizaba maderas recias de
árboles del monte, y las tiras de coco en cada barra las engalanaban.
El viejo panadero se ponía los sábados en la puerta de una
cantina del centro del pueblo, creo que se llamaba el "Centro
yucateco", y ahí iba yo, con 16 años imberbes, a comprarle mis barras.
Nunca lo he vuelto a ver, no tuvo descendencia y seguro ya
descansa para siempre, pero aún mi memoria recuerda sus barras artesanales,
eran unas barras distintas que no he comido en ningún otro pueblo de Yucatán, y
eso que he visitado un sinfín de pueblos extraviados de la península
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