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Filiberto Chi Ucán: el custodio de "San Is" de mi pueblo

Gremio de labradores entrando a la iglesia de la Villa de Peto. Año sin precisar (circa, 1995). Fotografía proporciada por Filiberto Chi Ucán, diciembre de 2013.


Voy en la mañana a entrevistar a Filiberto Chi Ucán, el custodio de San Isidro Labrador (o "San Is") para 2014, y me entero que no hay uno, sino dos santos: dos señores del monte que hacen crecer las milpas, jilotearlas, y que cuidan al milpero cuando éste hace sus faenas en el monte. El santo a que pertenece el gremio de Filiberto, me diría don Pablo, vino de Vigía Chico hace muchos ayeres, y el otro santo de otro gremio, vino de la lejana Colombia. El hombre, Filiberto, me pasa a su casa humilde (no “humilde casa”, es casa de hombres sencillos y justos, don Filberto Chi es milpero, albañil y tricicletero), le digo qué es lo que pretendo, saber un poco de los gremios, platicamos, le inundo de preguntas, me responde pausado, hablamos de otros gremios ya extintos, sale al acecho la memoria de un bisabuelo suyo que fue del "partido liberal" y que estuvo saqueando los ranchos de los socialistas y se confunde esta parte de violencia política de los primeros años revolucionarios, con los recuerdos de la guerra de castas.

Decido pasar nuevamente a lo de San Is, señalarle que qué bien se le ve a San Is su perrito de barro, y Filiberto me cuenta algo de las tres cruces de Dzonotchel, que eran de su abuela, que son las auténticas, o unas primas de las otras cruces de Dzonotchel que están en una capillita cercana a su casa. Nuevamente, le atosigo con las preguntas al pahautun de San Is, la forma como se organizan los pocos integrantes del gremio, sus fiestas de mayo (el 15 de ese mes es el santo del santito, y por lo tanto, hay vaquería y hay tronadera de voladores y uno, estando entre los enfiestados campesinos del pueblo, se prende con tragos de más y hasta saca a bailar a la más caderona de las mesticitas al son del 3x4 o del chinito koy koy), sus “vigilancias de velas” –o kanan ki-, que son unos bailes que se hacen en los rumbos del pueblo a fines de año y a los que acuden, gustosos, el pueblo llano, los “subalternos” de por estos rumbos.

Vaquería en honor a San Isidro Labrador, Peto, Yucatán. Fotografía de Gilberto Avilez Tax. Mayo de 2013.


Filberto me habla del gremio en resistencia de San Is, me dice que varios gremios, con el correr del tiempo, han ido desapareciendo, y habla del gremio de chicleros. Le pregunto si los chicleros tenían a un santo especial a quien encomendarse, y que no, que no tenían, pero que ellos participaban en las fiestas a San Is rogándole para que les diera abundante lluvia en “La Montaña chiclera” para que así los zapotales rindieran más en la picada. Filiberto me dice que el 2 de enero era el día de la entrada a la Iglesia del gremio de los chicleros, que el vistoso estandarte que entraba ese día tenía, bordado “con hilos de oro”, el dibujo de un frondoso y enorme árbol de zapote con el tronco cortado en cruces por las picadas del chiclero. Era una cosa que habría que ver, “no nomás contártelo”, pues esa noche, en el Sindicato Chiclero, el chiclero no paraba de bailar en el kanan kí y, desde luego, no paraba de libar botella tras botella de guaro o lo que haya al alcance de su mano. Era otra cosa esa fiesta cuando los chicleros andaban por estos rumbos alejados de Dios.

De un ropero desportillado y con el azogue del espejo casi extinto, Filberto extrae un álbum de fotos y me muestra algunas imágenes de años atrás cuando San Is visitó por primera vez su casa (porque habría que decir, que San Is es un santo, no de la iglesia aunque entra a la iglesia para diciembre, sino el santo trashumante de los milperos del pueblo, el que visita a cada rumbo del pueblo, como un vigilante del pueblo). Filberto, más joven y fuerte, aparece en la fotografía a un lado de San Is, y al otro, su esposa Aurelia, vestida con el huipil. Yo le digo que si es efectivo don Is, y él contesta que con el cambio climático, hace lo que puede, pero que sí, sí ayuda, no tan abundante como la cosecha que hacía su padre antes de la entrada de “los fertilizantes” en los años 1960-1970, pero que a veces la cosecha sí da para el atolito y los pibes, pero uno no puede vivir nomás del monte, tiene que tricicletear e ir a la obra, a Cancún o Mérida o en el pueblo si hay la ocasión. Me despido de San Is, con la promesa de entrar algún día a este gremio, y Filiberto y yo nos dirigimos a ver a don Pablo, un chiclero que me contaría nuevas historias del pueblo.

 


Nota: Texto escrito primeramente el 23 de diciembre de 2013.


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