Cuando había eclipse de luna, mi madre siempre me obligaba a tocar latas para espantar a los demonios que querían comer a la luna. Yo salía de mi duermevela envalentonado, dispuesto a no dejar de hacer lo que mi madre me ordenaba. Estoy convencido que sin esos conciertos destemplados que realicé en la infancia, la luna no estaría ahora con nosotros. Ahora he prendido dos voladores para espantar a los demonios, y ando vigilando de cerca a la luna con mi potente telescopio. Estoy con usted, señora luna; dígame si armo un escándalo, señora luna.
Hace unos días obtuve por enésima vez mi credencial de lector y usuario de una biblioteca pública, en este caso, de la biblioteca pública de un pueblo congestionado de polvo del Quintana Roo profundo. No me habían ni firmado la credencial de usuario, cuando ya tenía en mis manos unas joyas del pensamiento humano que voy leyendo despacio, deleitándome con la urdimbre lingüística, piezas de orfebrería del ingenio de los hombres que nos reconcilian con la parte civilizada de la humanidad. Mientras me encontraba tirado en mi chinchorro, bebiendo breves sorbos de un ron cubano al mismo tiempo que leía la poesía completa de Lezama Lima y me entretenía en la narrativa erudita de Los 1001 años de la lengua española de don Antonio Alatorre y asaltaba la prosa clarividente de Borges y rumiaba un tratado de León-Portilla (mis lecturas siempre han sido dispersas y caóticas), me di cuenta de una triste realidad que acaece en este trópico manchado de sol, de selva y de gan...

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