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Comentarios al texto de un estudiante de Derecho indígena de origen huehuetleco

 





Comentarios al texto de Salvador Méndez

Dr. Gilberto Avilez Tax

Universidad Intercultural Maya de Quintana Roo

 

Hablar de los pueblos indígenas es, antes que nada, lidiar con mucho bagaje de sentido común que, como consecuencia de esa larga mirada colonial, se han cernido contra ellos, a veces con una carga romántica difícil de cuestionar por lo que implica de “políticamente correcto”, y otras más con unas deformaciones que rozan el racismo epistémico. Contra eso, las nuevas generaciones de intelectuales indígenas salidos de las comunidades mismas y que, como almácigo necesario, se forman tanto intelectual como profesionalmente en las UIES (Universidades Interculturales), deben y están obligadas a cuestionar. El trabajo en proceso de Salvador Méndez, es un ejemplo de ello, pues el alumno, por lo que he leído del planteamiento de su tema de estudio, pone como centro de su análisis a la mujer totonaca, para la comprensión de una cosmovisión indígena actual: el mundo de vida de los huehuetlecos.

En la mejor tradición de la antropología jurídica establecida por estudios clásicos como el trabajo que coordinó en su momento Esteban Krotz,[1] o las propuestas de derechos indígenas con corte de género, como los estudios de Chenaut, María Teresa Sierra, se ha cuestionado los espacios cerrados del derecho positivo, su poca familiaridad con el contexto histórico, antropológico y sociológico en donde se desenvuelve el entramado jurídico: la cambiante realidad social. Sin embargo, y para cuestionar una ya olvidada posición “neutra” de la antropología comprometida, creo que el trabajo de Méndez se presenta con un dejo humanístico, ya que plantea que algunas manifestaciones de “la costumbre”, lejos de crear comunidad, divide, aherroja y segrega. ¿Podemos los estudiosos del derecho indígena seguir en la estela de invisilidad de derechos en que se encuentran buena parte de las mujeres indígenas del país? Imponer amigablemente una percepción antropológica a un logos machista invocando a la “costumbre”, es algo que nunca he compartido, y Méndez creo que tampoco. En este sentido, creo que habría que volver nuevamente, con ojos más críticos y con los nuevos aparatos teóricos de las actuales ciencias sociales, a los trabajos pioneros de Aguirre Beltrán y la escuela indigenista, tantas veces execrados por “de eso que llaman” antropología “comprometida” en purificar y dejar prístino lo que nunca ha sido: el mundo abierto y movible de las comunidades indígenas, la siempre yuxtaposición de encuentros y desencuentros, el mestizaje que se dio no solamente con la “extraña” cultura que vino en los barcos a partir de 1492, sino hasta con los contactos intra-mesoamericanos, como la nahuatlización ocurrida en la Península de Yucatán con las avanzadas “putunes”.

No se me mal entienda que pugno nuevamente, de forma anacrónica y desfasada, por un regreso al indigenismo clásico. Sin embargo, creo que el alumno tiene que distinguir este recorrido antropológico para plantear preguntas y formular respuestas. Se ha distinguido dos tipos de antropología mexicana en el decurso del siglo XX: por un lado, se encuentra la antropología acrítica indigenista, que sirvió al Estado mexicano nacido de la revolución mexicana, para llevar a cabo sus planes de “desarrollo económico”, y cuyas líneas de acción se centraban en “integrar” a los pueblos indígenas a la nueva nación que se forjaba en el crisol de la homogeneización estatal. Por otro lado, la antropología crítica que vio la luz en 1970, con la publicación de un pequeño libro de título novelesco: De eso que llaman antropología mexicana. Ese libro fue influenciado por la “nueva sociología” mexicana cuyo epítome fue La democracia en México (1965), de Pablo González Casanova, en donde se teorizaba sobre el colonialismo interno de las élites mexicanas con los distintos grupos subordinados como el campesinado y los pueblos indígenas. Sin embargo, lo que comenzó como cuestionador del dogma indigenista, se parapetó en otro dogma, el culturalistamente político, hasta el punto de criticar la infraestructura básica –carreteras, electricidad, etc.- que el Estado mexicano realizaba en las regiones indígenas. Entre estas dos percepciones y proposiciones dualistas y excluyentes, está la importancia del diálogo intercultural entre el derecho positivo y la sensibilidad (no acrítica) que posibilita la antropología jurídica de las comunidades actuales.

En ese sentido, el trabajo intercultural de Méndez gira en torno a presentar las voces de las mujeres de Huehuetla sobre tópicos de la “costumbre machista”, del patriarcado indígena. Es un intento loable por crear, con nuevas reinterpretaciones presentadas por las mismas mujeres huehuetlecas, una comunidad más incluyente y respetuosa de las cuestiones de género. Si existe un “deber cultural” de las mujeres huehuetecas, las nuevas generaciones de huehuetlecos tienen un nuevo deber: dejar de verlas como "úteros generadores de vida y continuidad”, y empezar a verlas, siguiendo a Méndez, como complementos irradiantes de las constantes recreaciones culturales de la cultura huehuetleca.

 



[1] Krotz, Esteban. 2002. Antropología jurídica: perspectivas socioculturales en el estudio del derecho, España, Anthropos y Universidad Autónoma Metropolitana. 



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