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Solo falta que prohíban la quema del muñeco de año viejo




Vivimos los tiempos más oscuros de lo "correcto", de las visiones maniqueas sobre qué es lo que se debe de hacer y qué se tiene que desterrar de las costumbres actuales. Ninguna sociedad ha sido más parricida y matricida que la nuestra: los viejos apestan, y no pasa un día que no les recuerden sus costumbres tan salvajes. 
El pensamiento animalista ha ido en contra de la corrida de toros, de la pelea de gallos y hasta, en su radicalidad, pugna porque todos seamos vegetarianos. Mañana saldrán los defensores de los vegetales y, si seguimos aceptándolo todo sin cuestionar nada, pronto comeremos piedras. Y pasado mañana saldrán los defensores de las piedras y minerales, y dejaremos de hacer nuestra cochinita de piedras para terminar por comer nuestra misma mierda. La mierda será un producto suntuario y los pobres nacerán sin culo, profetizó el fabulador de Aracataca. 
Ahora, de un tiempo a esta parte, cada diciembre nos arremeten con discursos que buscan la prohibición de las bombitas, de los voladores, hasta de la más inocua luz de bengala con que celebro el nacimiento del Cristo, la chispa divina que cortó la oscuridad primigenia. 
En ese tren de la prohibición sin contemplaciones, pronto, la quema del muñeco de año viejo, ritual que ninguna familia yucateca deja pasar el último minuto del 31 de diciembre, será otro frente de guerra, otra batalla que librar para erradicar esa bárbara costumbre, ese ritual entre satánico y canibalesco, de quemar simbólicamente al año viejo, y con él el año perro que culmina.
Mientras los ucases del zar de los morigerados y las sentencias sin apelación del santo oficio de los anti-bombitas, no lleguen a mi aldea, no perderé esa costumbre que me enseñaron mis mayores y prenderé el muñeco de año viejo, le diré pestes a su memoria, lo desollaré vivo y le advertiré que no regrese nunca y que se vaya a la mierda con su pútrido Covid.

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