Te conocí hace más de una década
en mi primer blog, Desde la Península y las inmediaciones de mi hamaca. Luego,
las redes sociales nos acercaron, hubo un trato cordial, nunca discutimos, creo
que nos respetábamos o nos tolerábamos. Muchos hablaron mal de ti, yo no,
aunque tuve fuertes discrepancias de lo que opinabas. No creo que hayas sido
polémico solamente, fuiste lo que muy pocos se han atrevido a ser: un ser
libre, un periodista tremendamente corrosivo en tus escritos cuando se presentaba la ocasión
de disentir de todos y contra todos, y en esa libertad radical aceptabas que
escritores yucatecos que no hemos tenido cabida en el establishment de los
botafumeiros del sistema podrido made in sede-inculta, con opiniones de
izquierda diametralmente distintas a las tuyas, tuviéramos cabida en tus
portales. Me complacía compartir el mismo espacio virtual con el maestro Pedro
Echeverría, al quien le diste también cabida, tu portal fungió como los viejos
dazibaos de la Plaza Grande del maestro. Cada vez que escribía en mi blog, tú
te dabas a la tarea de subir inmediatamente mis textos a tu portal Libertad deexpresión, en la sección Yucatán histórico. Nunca hablamos en persona, nunca te dije
gracias, ya no tendré oportunidad de decírtelo. Descanse en paz, Pepe, siempre
te recordaré como el joven veinteañero con gorra que, de vez en cuando, reía.
Hace unos días obtuve por enésima vez mi credencial de lector y usuario de una biblioteca pública, en este caso, de la biblioteca pública de un pueblo congestionado de polvo del Quintana Roo profundo. No me habían ni firmado la credencial de usuario, cuando ya tenía en mis manos unas joyas del pensamiento humano que voy leyendo despacio, deleitándome con la urdimbre lingüística, piezas de orfebrería del ingenio de los hombres que nos reconcilian con la parte civilizada de la humanidad. Mientras me encontraba tirado en mi chinchorro, bebiendo breves sorbos de un ron cubano al mismo tiempo que leía la poesía completa de Lezama Lima y me entretenía en la narrativa erudita de Los 1001 años de la lengua española de don Antonio Alatorre y asaltaba la prosa clarividente de Borges y rumiaba un tratado de León-Portilla (mis lecturas siempre han sido dispersas y caóticas), me di cuenta de una triste realidad que acaece en este trópico manchado de sol, de selva y de gan...

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