En
Yucatán, al aguardiente de caña le dicen “chakpool”,
cabeza roja. Algunos más le dicen guaro. Pero el "chakpool", y esta
es mi duda, ¿existió como marca? Lo pregunto porque me interesa realizar un
artículo sobre las bebidas que se tomaban en Yucatán anterior a la
comercialización masiva de la cerveza producida por las compañías cerveceras nacionales
en el tramo final de la segunda mitad del siglo XX. Por supuesto, sabemos que
Yucatán tenía una industria propia de la cerveza, así como una industria
refresquera: la león negra, la Montejo, fueron cervezas emblemáticas que luego
pasaron a mejor vida al ser compradas por las compañías cerveceras nacionales. El
Xtabentún es una bebida archisabida, por eso la omito el nombrarla. Pero existe
otra bebida que, al parecer, se ha perdido al vuelo de los almanaques: el
Pixoy, nombre de una planta, de un pueblo cercano a Valladolid, y hasta de una
bebida olvidada, pero que por fortuna nos dejó un verbo del uayeísmo que muy
pocos saben su significado: “Te vas a pixoyear" significa, te vas a mamar,
o con buena esgrima diríamos: te vas a mamotear. Igual está el asunto de las cervezas
yucatecas y la historia de las cervecerías yucatecas que todavía están por
escribirse, pues sin duda nos dio prestigio y una prueba indubitable de
identidad regional. Un ejemplo de esto está al comienzo de Forjando Patria, el libro de don Manuel Gamio, cuando en Progreso
pidió en una cantina una “cerveza extranjera” y le trajeron una cerveza de la
Moctezuma. En Yucatán, por supuesto, el
arte de la bebida, de sus destilados, es algo que muy pocos han trabajado. No
por nada, tenemos que regresar a decir, por si se nos olvida, que la Guerra de
Castas se debió a esa fiebre meridana por el azúcar, pero también por sus
productos conexos, como los destilados de la caña. Hasta mediados del Siglo XX,
en los pueblos yucatecos todavía existían los trapiches y las destilerías
mediante alambiques, donde se preparaba el famoso "chakpol", una
bebida que no podía faltar en las fiestas de los pueblos.
Hace
unos seis años, cuando la cuarentena pandémica se presentó con la falta de
cerveza, escribí algunas pinceladas de una teoría futura que, pienso, será la “teoría
del chakpool”. Lo vuelvo a traer a colación:
“Me
digo, como todo hombre que piensa que la cerveza es controlable y se bebe un
cartón cuando está encarrilado, que no sé si mi voluntad logre paliar esa
carencia del “uix kisin” (la cerveza
es “la orina del diablo”) que se observa en este pueblo selvático del Quintana
Roo profundo. He llenado bidones de agua y los he colocado en el congelador,
salen con escarcha, pero el vital líquido necesita de lúpulo; lo incoloro, lo
inodoro e insípido de ella me taladra el recuerdo de la dos equis lager, de la
espumosa León Negra y de tantas catas que a lo largo de mi vida de bebedor
social y hasta solitario, he degustado. La cerveza, me digo convencido, debe
estar en la canasta básica de todo yucateco. La canícula de abril, el mes más
violento del año, hace rajar las piedras del camino, y el vaho, el aire
caliente que tira las aspas de mi ventilador, me recuerdan que vivo en el
infierno y que esto es asunto tan normal, sudar como marrano, respetar la
fuerza del trópico penetrando la epidermis. Me hace falta un trago de espumosa
Montejo”.
“Y
aquí extraño el frescor de la casa maya con su techumbre de paja y sus húmedos
muros de tierra roja mezclada con zacate y piso de tierra apisonada, y aquí me
acuerdo de cómo en los pueblos de Yucatán, en las afueras, en las partes más
indias de los pueblos, por los cabos donde el rastro de hispanidad es borrado
por la completa mayanidad, unas tinajas de barro son enterradas para poner
agua: ha sido el agua más fresca que mi sedienta y eterna sed de sobreviviente
del trópico ha ingerido. Me digo, como todo hombre que piensa que la cerveza es
controlable y se bebe un cartón cuando está encarrilado, que no sé si mi
voluntad logre paliar esa carencia larga de “uix kisin”.



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