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Mimeógrafas formas celestes



Nunca he contado a nadie esta anécdota de mis años oscuros de bachillerango. Recuerdo que con un mimeógrafo matusalénico, que servía para sacar copias de forma manual mediante una manivela, reproduje mis primeros escritos políticos, costumbristas, pueblerinos, y algunos poemas pendejos de amor cursi que tuve la indecencia de escribir. Esos papeles sueltos los repartía en las aulas a compañeros que, según pensaba, eran doctos y mesurados en sus opiniones de bachillerangos, aunque de algunos sabía que ni los leían ni les hacían mella mis renqueantes escarceos con la Olivetti. Una vez di con uno de mis poemas reproducidos en aquel viejo mimeógrafo, en un lugar donde menos pensaba encontrar ese paper: la hoja suelta había dado a parar con toda su flaca osatura escritural, al cesto del baño de hombres de la escuela, para limpiar el culo de alguien impedido por las musas o por el colon irritable, supuse que no le gustó mis poemas de amor, o tal vez la musa difusa fuera una de sus conquistas fallidas que le daba estreñimiento.

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