Nunca he contado a nadie
esta anécdota de mis años oscuros de bachillerango. Recuerdo que con un
mimeógrafo matusalénico, que servía para sacar copias de forma manual mediante
una manivela, reproduje mis primeros escritos políticos, costumbristas,
pueblerinos, y algunos poemas pendejos de amor cursi que tuve la indecencia de
escribir. Esos papeles sueltos los repartía en las aulas a compañeros que,
según pensaba, eran doctos y mesurados en sus opiniones de bachillerangos,
aunque de algunos sabía que ni los leían ni les hacían mella mis renqueantes escarceos
con la Olivetti. Una vez di con uno de mis poemas reproducidos en aquel viejo
mimeógrafo, en un lugar donde menos pensaba encontrar ese paper: la hoja suelta
había dado a parar con toda su flaca osatura escritural, al cesto del baño de
hombres de la escuela, para limpiar el culo de alguien impedido por las musas o
por el colon irritable, supuse que no le gustó mis poemas de amor, o tal vez la
musa difusa fuera una de sus conquistas fallidas que le daba estreñimiento.
Hace unos días obtuve por enésima vez mi credencial de lector y usuario de una biblioteca pública, en este caso, de la biblioteca pública de un pueblo congestionado de polvo del Quintana Roo profundo. No me habían ni firmado la credencial de usuario, cuando ya tenía en mis manos unas joyas del pensamiento humano que voy leyendo despacio, deleitándome con la urdimbre lingüística, piezas de orfebrería del ingenio de los hombres que nos reconcilian con la parte civilizada de la humanidad. Mientras me encontraba tirado en mi chinchorro, bebiendo breves sorbos de un ron cubano al mismo tiempo que leía la poesía completa de Lezama Lima y me entretenía en la narrativa erudita de Los 1001 años de la lengua española de don Antonio Alatorre y asaltaba la prosa clarividente de Borges y rumiaba un tratado de León-Portilla (mis lecturas siempre han sido dispersas y caóticas), me di cuenta de una triste realidad que acaece en este trópico manchado de sol, de selva y de gan...

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