Ir al contenido principal

Relato de mi ex-relación con el tabaco




Comencé a fumar a los 13 años sin objetivo alguno, sin poses verracas y estupideces aldeanas. Fumé porque me interesó ese olor, mi olfato era sumamente sutil, ya no tanto. Fumé Raleigh, Alas, Tigres, después puro malboro rojo y delicados, también aprendí a liar cigarros artesanales, de esas matas de tabaco que crecían silvestres en las casas y que, ahora lo sé, se siembra para espantar a las culebras; fumaba de vez en vez, a trechos largos, a veces para alejar a los moscos cuando me iba de excursión en las selvas de Quintana Roo, o para que la barba amarilla no oliera mi presencia, nunca fui fumador empedernido salvo en algunos tramos de mi vida en que escribía la historia universal de un pueblo al sur de Yucatán de cuyo nombre no quiero acordarme: llegué a fumar dos cajetillas al día para que la máquina de teclear no se detuviera. Cuando nació Valentina lo fui dejando poco a poco hasta que un día desapareció ese impulso por la nicotina, las mujeres, en este caso, mi hija, ejercen en mí el poder de cambiar hábitos y querencias. Desde luego, no soy como esos típicos ex fumadores marchitos, que odian con perritud de imbéciles a los que fuman todavía en tiempos del Covid-19. El tabaco es un producto cultural, lo respeto y me interesa esa historia. Pero, por ahora, mi taza de café alimenta mi espíritu por las mañanas, y no hay necesidad de mezclar la cafeína.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Elogio de las bibliotecas públicas que faltan en Quintana Roo

Hace unos días obtuve por enésima vez mi credencial de lector y usuario de una biblioteca pública, en este caso, de la biblioteca pública de un pueblo congestionado de polvo del Quintana Roo profundo. No me habían ni firmado la credencial de usuario, cuando ya tenía en mis manos unas joyas del pensamiento humano que voy leyendo despacio, deleitándome con la urdimbre lingüística, piezas de orfebrería del ingenio de los hombres que nos reconcilian con la parte civilizada de la humanidad. Mientras me encontraba tirado en mi chinchorro, bebiendo breves sorbos de un ron cubano al mismo tiempo que leía la poesía completa de Lezama Lima y me entretenía en la narrativa erudita de Los 1001 años de la lengua española de don Antonio Alatorre y asaltaba la prosa clarividente de Borges y rumiaba un tratado de León-Portilla (mis lecturas siempre han sido dispersas y caóticas), me di cuenta de una triste realidad que acaece en este trópico manchado de sol, de selva y de gan...

"Una voz se oye desde el norte del paseo: ¡Bienvenido Montejo!, ¿por qué has tardado tanto en llegar? Hace 100 años que espero tu arribo, dice Justo Sierra desde su pedestal"

Esa valiente frase que se lee en el título de este breve comentario, proferida el 30 de junio de 2010 por el orador principal de la inauguración de las estatuas de los Montejo (padre e hijo, faltaría el sobrino), en el remate de la avenida con el nombre de los "conquistadores" de Yucatán, quedará para la historia universal de la imbecilidad en Yucatán, una frase digna de grabar en bronces para memoria futura. Valiente, sí, y sincera. Valiente y sincera porque demuestra que a sólo un reverendo valiente se le pudo ocurrir semejante estropicio, valiente porque demuestra la relación montejista con Sierra O'Reilly -el acuñador del concepto bárbaro de los discursos de la guerra de castas, el que aplaudió la venta de mayas a Cuba por parte de la sociedad ladina yucateca, el que dijera la frase "raza maldita", etc, etc. Esa frase, en apariencia inocua, lo dijo un viejito cascarrabias, gruñón y altamente hispanista acostumbrado a escribir "chucherías" de la hi...

Prólogo para Desde la Península…y las inmediaciones de mi hamaca

  Por Potronilo de Tihosuco , mecenas literario del Dr. Gilberto Avilez   Querido amigo Dr. Avilez, he conocido hasta los intríngulis abigarrados de tus afanes literarios e históricos, indagando sobre las cosas de Yucatán y Quintana Roo, cual nuevo Landa que decide a tiempo no quemar los libros y papeles de los nuevos gentiles, sino arrejuntarlos en una biblioteca total para memoria futura. Ahora me pides, encarecidamente, un prólogo a tu libro ( Desde la Península...y las inmediaciones de mi hamaca ) donde haces una selección fina, erudita y sabrosa de tus mejores textos con que has engalanado tus pensamientos y divagaciones más abstrusas por el amplio campo de la investigada peninsular. Sabrá usted que yo, como el gran Sócrates, como el Quijote que una vez quiso escribir libros de caballerías pero que nunca avanzó más allá de una cuesta,   y como casi Rulfo y sus dos libros hermosos, no escribo aunque sea un lector carnívoro el cual no se llena con literaturas p...