Comencé a fumar a los 13 años sin objetivo alguno, sin poses verracas y estupideces aldeanas. Fumé porque me interesó ese olor, mi olfato era sumamente sutil, ya no tanto. Fumé Raleigh, Alas, Tigres, después puro malboro rojo y delicados, también aprendí a liar cigarros artesanales, de esas matas de tabaco que crecían silvestres en las casas y que, ahora lo sé, se siembra para espantar a las culebras; fumaba de vez en vez, a trechos largos, a veces para alejar a los moscos cuando me iba de excursión en las selvas de Quintana Roo, o para que la barba amarilla no oliera mi presencia, nunca fui fumador empedernido salvo en algunos tramos de mi vida en que escribía la historia universal de un pueblo al sur de Yucatán de cuyo nombre no quiero acordarme: llegué a fumar dos cajetillas al día para que la máquina de teclear no se detuviera. Cuando nació Valentina lo fui dejando poco a poco hasta que un día desapareció ese impulso por la nicotina, las mujeres, en este caso, mi hija, ejercen en mí el poder de cambiar hábitos y querencias. Desde luego, no soy como esos típicos ex fumadores marchitos, que odian con perritud de imbéciles a los que fuman todavía en tiempos del Covid-19. El tabaco es un producto cultural, lo respeto y me interesa esa historia. Pero, por ahora, mi taza de café alimenta mi espíritu por las mañanas, y no hay necesidad de mezclar la cafeína.
"Una voz se oye desde el norte del paseo: ¡Bienvenido Montejo!, ¿por qué has tardado tanto en llegar? Hace 100 años que espero tu arribo, dice Justo Sierra desde su pedestal"
Esa valiente frase que se lee en el título de este breve comentario, proferida el 30 de junio de 2010 por el orador principal de la inauguración de las estatuas de los Montejo (padre e hijo, faltaría el sobrino), en el remate de la avenida con el nombre de los "conquistadores" de Yucatán, quedará para la historia universal de la imbecilidad en Yucatán, una frase digna de grabar en bronces para memoria futura. Valiente, sí, y sincera. Valiente y sincera porque demuestra que a sólo un reverendo valiente se le pudo ocurrir semejante estropicio, valiente porque demuestra la relación montejista con Sierra O'Reilly -el acuñador del concepto bárbaro de los discursos de la guerra de castas, el que aplaudió la venta de mayas a Cuba por parte de la sociedad ladina yucateca, el que dijera la frase "raza maldita", etc, etc. Esa frase, en apariencia inocua, lo dijo un viejito cascarrabias, gruñón y altamente hispanista acostumbrado a escribir "chucherías" de la hi...

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