Tierra de Chicle
Este blog continúa con mis temas centrales y mis obsesiones cotidianas que toqué en innumerables ocasiones en Desde la Península y las inmediaciones de mi hamaca. A saber, la historia de la Península de Yucatán, la literatura, el quehacer político y la ciencia política, mis acercamientos anfractuosos con la poesía y la narrativa, el rescate de las memorias y el olvido aparente de lugares y personas. De algún modo, es un intento de modificar la realidad mediante los ejercicios literarios.
jueves, 12 de marzo de 2026
Historias del Viejo Territorio de Quintana Roo: el Ramirismo
El loco Medina Alonso, dueño de la finca Santa Rosa
(Texto escrito el 4 de noviembre de 2016)
Palabras en honor a mi computadora caída
(Texto
escrito en febrero de 2016)
Quería
empezar este artículo hablando sobre mis afanes por volverme escritor y no de
cómo obtuve mi primera máquina de escribir Olivetti y mi primera computadora
portátil, y fui feliz mientras escribía. Quería empezar por hablar de esos escritores
fantasmas que dejan honda huella en los estantes polvosos de olvidadas y
apocalípticas bibliotecas de los últimos tiempos en que nadie se atreve a
entrar a las bibliotecas públicas porque los fantasmas de los escritores
muertos pueblan sus recoletos pasillos.
No
sé si fue en esa lejana infancia mía que ya no me acuerdo casi nada, o en esa
adolescencia maldita donde lo único que sé, fue que me deshice de una patria incomprensible,
o en esa licenciatura de errante frecuentador de bibliotecas chetumaleñas y de
otras bibliotecas perdidas a lo largo del manso y desolado Hondo, lo cierto que
un día me vi leyendo un libro de Paz, al otro día deletreaba los versos de los
poetas malditos, y de ahí me incrusté a ser lector ferviente de la narrativa
latinoamericana: leí a argentinos, a chilenos, a cubanos, centroamericanos y
muchos mexicanos. Al principio la lectura fue difícil, tantas palabras
desconocidas para el rupestre léxico que me habían heredado mis mayores, me
hacían todavía más lenta la tarde con sus noches cálidas chetumaleñas, mientras
un diccionario Larousse arreglaba el asunto y un cigarro atabacado de pringas
de café me daba una tregua al sueño blanco de la madrugada desierta. Mi
formación lectora comenzó a tan tarde edad, entre los 18 y los 25, años
difíciles para la lectura sosegada cuando de vez en cuando ésta era
interrumpida por una lejana voz femenina que llegaba y aparecía como fantasma.
Yo no fui el lugar de sus apariciones,
conmigo no contempló el alba errante
ni fue feliz un instante,
yo no le escribí versos frente al
muladar de la bahía.
Estoy
leyendo ahora, entre las frugales oportunidades de leer como dios manda que me
permiten los días omitidos, la biografía autorizada de García Márquez escrito
por el historiador inglés Gerald Martin, y antes he leído biografías de Borges
y Rulfo, trabajos sobre la creación verbal, y casi siempre se me viene a la
mente que el escritor exigente debería ser, antes que nada, antes que todo, un
lector monstruo que todo lo esté leyendo desde esos años en que mi abuelo se ponía a contarnos historias de
aparecidos, esos años en que, a falta de pocos libros comprados por mi padre el
obrero, uno leía sus libros de textos de primaria, incluido los papeles viejos
de las calles, como aseguraban que leía el padrastro del Caballero de la Triste
Figura, etcétera. Recuerdo la primera vez que leía al Quijote, fue tanta la
emoción y la empatía que tuve por ese par y esa voz dubitativa y omnisciente y
esas ancas poderosas con olor a ajo de Maritornes, que en vacaciones volvía al
discurso inacabado.
Y
conocí a Borges, y como siempre he tenido memoria (yo no tengo derecho a
pronunciar esa palabra borgiana), Borges, al igual que Paz, son como esos
árboles enormes que uno ha visto entre las memorias disgregadas de los viejos
que caminaron una vez el Territorio de Quintana Roo en busca de la fiebre del
chicle: fue cuando conocí el proceso de ramificación de las lecturas, un autor
te lleva a otro, Borges y Paz te llevaban a obras, autores, temas y pasajes
históricos, mapas de la imaginación construidas con una cartografía efímera.
Para
escribir y ser escritor, consideraba, sigo considerando, primero hay que tener
una disciplina lectora. Me ha sorprendido mucho esa disciplina que tuvo en sus
años de formación el necesario comunista hormonal Saramago (se leyó estantes
completos de la biblioteca pública de Lisboa), y si nos ponemos a leer los
cuentos de Bolaño, uno se irá de culo al saber la obsesión por la lectura de
los realvisceralistas. Por cierto, el que no considere a las bibliotecas
públicas como remansos de tranquilidad y espacios civilizatorios donde se puede
practicar el viejo oficio de traficantes de libros, ese, ese que deje de seguir
leyendo.
No
quiero hablar, aquí, de mis años fuera de la ley en que practiqué, con fortuna
precaria, el arte de traficar libros por todas las comarcas de la Península.
Ese es otro cantar.
Lo
que sí quiero preguntar es ¿comenzar a leer para escribir después?, ¿primero
leemos y después escribimos, o escribimos y leemos al mismo tiempo? Yo creo que
no existe un orden universal en la lectura de uno, yo creo que uno debería,
siguiendo a Borges, leer lo que se le plazca, pero desde luego, uno debería
estar siempre constantemente moviendo el muñón, o haciendo el ruido con el
teclado, o fingiendo que hace ruido con el teclado, o garrapatea la libreta con
un bolígrafo de 4 colores. Pero aquí yo no voy a hablar de mis afanes por
escribir, de mis silencios de imprenta forzada, o de mis poemas lejanos que se
arrastran en unas libretas extraviadas.
Yo
voy a hablar de esa crisis que tengo ahora con mi mecanismo escritural: el
diciembre pasado mi viejo ordenador portátil desportillado sufrió un tremendo
desperfecto: la S del teclado murió, dejó de verse en el albo Word, yo entré en
un pánico tremendo, dejé de escribir y
dudé de la felicidad cósmica y mandé a la chingada la gran novela
latinoamericana que, decía, estaba escribiendo. Ahora garrapateo estas páginas
con una computadora prestada. He entrado en una crisis existencial nuevamente,
me han dicho que el tiempo que los malditos hados me dieron para tener esta
computadora de repuesto, se ha acabado, y yo dudé por segunda vez de la
felicidad cósmica y de la bondad de la humanidad. Ando a un paso de la inopia
intelectual juntada con la inopia económica, mi muñón agarra ahora con extrañeza
el bolígrafo barato, garrapateo siempre jeroglíficos incomprensibles hasta para
mí mismo, tal vez estos sean mis últimos días de teclear con impunidad
manifiesta. Yo ya no seré, ahora lo sé, el lugar de las apariciones de mi
escritura.
Historias del Viejo Territorio de Quintana Roo: el Ramirismo
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