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Hablaban la lengua del desierto



Hace más de un lustro, platicando con mi amigo Alex Medina y mi maestro de secundaria Fernando Espinosa, surgió el tema recurrente del chicle y del paso de los "turcos" por el pueblo.
Alex, instintivo lector de historia cultural, me dijo que a él le gustaría leer, no historias pomposas o ceremoniosas, sino de la vida cotidiana del pueblo.
Por ejemplo, me contaba Alex la anécdota de las pláticas de tarde y noche de dos hijos del Líbano que se asentaron en el pueblo de Peto a principios del XX, y que, peripatéticos, daban vueltas alrededor de la plaza principal y platicaban sobre sus cosas y negocios.
¿Qué de portentoso tiene que dos libaneses, don Salin Memeri y su hermano, le den la vuelta a la plaza principal del pueblo? Nada, dice Alex, salvo que hablaban en su lengua milenaria del desierto, y eran oídos por el pueblo que, la mayoría, hablaba otra lengua no menos milenaria: el maya.
Recordemos que don Salin y su hermano llegaron oliendo el dinero, cuando el chicle había convertido en una Babel tropical al pueblo.

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