viernes, 12 de diciembre de 2025

La civilización vampírica



La vieja fiebre y la secular obsesión de Occidente por piezas arqueológicas, documentos, tesoros de civilizaciones extravíadas en el tiempo, no es de hoy, en Palmira, es de ayer y de antier: sucedió en otros lugares y en otros tiempos. Hace más de 500 años, en los barcos del saqueo español, junto con el quinto real, se mandaba a Europa códices de las memorias indígenas rotas por la conquista. Este saqueo cultural siguió a lo largo de la colonia y en otros puntos distintos a América: en África, en Asia, en China.
La civilización europea, donde se gestó el capitalismo depredador, en esta óptica podemos concebirla como una civilización vampírica y una civilización de saqueadores contumaces: detrás de los museos y las bibliotecas infinitas que arroban al imbécil colonizado que visita París, Madrid o Londres, las apoyaturas y el cemento de sus muros museográficos se ha construido, lenta o rápidamente, sobre las tierras quemadas, las conquistas de los idólatras, las guerras por el oro y la extensión de los imperios.
Hace poco tiempo, en Yucatán, un lugar cuya constante histórica es la de haber fungido como un pueblo saqueado y vampirizado tanto por sus élites regionales como sus pares extranjeros, el saqueo archivístico y bibliográfico se llevó a cabo de forma constante, y la llevó a cabo un francés de apellido Antochiw, ese mismo francés que la enfermedad de ciertos meridanos reconocen como maestro y fundador de instituciones.

martes, 25 de noviembre de 2025

"Una voz se oye desde el norte del paseo: ¡Bienvenido Montejo!, ¿por qué has tardado tanto en llegar? Hace 100 años que espero tu arribo, dice Justo Sierra desde su pedestal"





Esa valiente frase que se lee en el título de este breve comentario, proferida el 30 de junio de 2010 por el orador principal de la inauguración de las estatuas de los Montejo (padre e hijo, faltaría el sobrino), en el remate de la avenida con el nombre de los "conquistadores" de Yucatán, quedará para la historia universal de la imbecilidad en Yucatán, una frase digna de grabar en bronces para memoria futura. Valiente, sí, y sincera. Valiente y sincera porque demuestra que a sólo un reverendo valiente se le pudo ocurrir semejante estropicio, valiente porque demuestra la relación montejista con Sierra O'Reilly -el acuñador del concepto bárbaro de los discursos de la guerra de castas, el que aplaudió la venta de mayas a Cuba por parte de la sociedad ladina yucateca, el que dijera la frase "raza maldita", etc, etc.


Esa frase, en apariencia inocua, lo dijo un viejito cascarrabias, gruñón y altamente hispanista acostumbrado a escribir "chucherías" de la historia de Yucatán. Me refiero al hombre que, según él, su estirpe "conquistadora" nunca se bajó del caballo. La frase dicha por el anal-cronista Juan Francisco Peón Ancona (extinto hace unos ayeres), se escuchó aquel día 30 de junio de 2010, y lo dijo con fuerte acento yucateco que demuestra que sus tesis de la "conquista", al menos lingüística y sonoramente, es cosa que no se dio, porque detrás de su acento golpeado de yucateco que menta madres con un estentóreo pelaná, se delata que ni Juan Francico Peón Ancona, que tal vez mamó calostro de una teta de chichigua maya, puede obviar que tanto en Mérida como en todo Yucatán, el elemento indígena nunca fue vencido...Basta caminar por la calle 63, 65 y 67 en adelante, de esa "Mérida de Montejo", para comprobar mi dicho, o basta ir a revisar a los viajeros del XIX o del XX, para reforzar lo a todas luces sabido.

sábado, 22 de noviembre de 2025

Oficios perdidos: De los pozos y los poceros de los pueblos de Yucatán, apuntes para un libro futuro



En mis trabajos etnográficos e históricos en los pueblos de la península de Yucatán, siempre han estado presente historias sobre descubrimientos de pozos o construcciones de pozos y fundación de pueblos debido al descubrimiento de un pozo, como es el pozo artesiano que se encuentra en la colonia Dolores, de la cabecera municipal de José María Morelos: por ese pozo, debido a ese pozo, inició la vida de un pueblo, el viejo KM 50. Para enero de este año escribí lo siguiente:
DE LOS POCEROS DE LOS PUEBLOS O DE LOS OFICIOS PERDIDOS DE LA PENÍNSULA DE YUCATAN
Insisto: hace falta un trabajo etnográfico total sobre los poceros de los pueblos, en vías de desaparecer. El Dr. Ricardo Escamilla Peraza, ha escrito ampliamente al respecto, utilizando documentos históricos, en su trabajo "Una historia de la industrialización de la gestión del agua: el caso de la ciudad de Mérida en el cambio de los siglos XIX y XX" (CIESAS Peninsular. 2018, pp. 343). Los poceros -mayas en su mayoría- y sus conocimientos son otra cosa: desde utilizar el método de zahorí utilizando unas varitas, hasta liar pólvora precisa, barrenar con la barreta, sacar laja y crear la campana para llegar al agua...Carrillos, maderos, sogas y cubetas, antes de los sistemas municipales de agua, hasta bien entrado la segunda mitad del siglo XX, los pueblos del Yucatán profundo era inundados de ruidos, pláticas, chismes y carcajadas de la gente cuando daba la hora de sacar el agua en los pozos de las colonias...
Es verdad, urge un estudio total sobre los Ch'e'en kaaj" ("pozo en el pueblo", en español). Está la tesis doctoral de Escamilla, pero creo que un trabajo etnográfico de los poceros, o los últimos poceros, falta por hacer.
Voy a dar a conocer próximamente la historia de la creación de un pozo en una especie de ranchería cercana a un pueblo al sur de Yucatán, que fue motivo de fundación, de fiesta y de interés de los campesinos en hacer su propio ejido".

En mis recorridos que he hecho a los pueblos, hace unos tres años, en plena pandemia, visité el pozo artesiano de la comunidad de Saczuquil, Quintana Roo.

He indagado en historias orales sobre el descubrimiento de pozos artesianos y el repoblamiento de pueblos perdidos cuando la guerra de castas, como lo fue el repoblamiento de Dzonotchel, al ser descubierto en ese lugar, por chicleros, un pozo artesiano.

Igual apunté la historia de don Max May, fundador del pueblo de Macmay. Maximilia, Max May, era un hombre que huía de la Guerra de Castas, seguro venía de la Villa de Peto, y en un paraje que se encuentra en los límites entre Yucatán con el actual estado de Quintana Roo, encontró un pozo artesiano en buen estado. Max May, guardándose de que no lo mataran los alzados de la guerra, fue a esconderse al monte y se topó con un pozo artesiano olvidado, y al calmarse el tráfago de la guerra, la gente comenzó a acudir al pozo de don Max May para asentarse y plantar sus chozas alrededor, y por la fuerza de la costumbre, las letras del pozo de don Max May se fueron juntando poquito a poco hasta llegar a nombrarse como Macmay.

Igualmente, en mis indagaciones a los archivos agrarios de los pueblos de Peto, di con relaciones completas de la fundación de pueblos debido a un pozo, y hasta con imágenes preciosas de pozos.

Creo que hay un libro que me obliga escribirlo, y ese libro se llamará Los pozos y los poceros de los pueblos de Yucatán.




Oficios perdidos: quedan pocos herreros en los pueblos yucatecos



Quedan pocos herreros en los pueblos yucatecos.

Yo conocí a uno hace años, en mi infancia, ya estaba mayor, tenía su herrería a pocos pasos del taller mecánico de mi padre, en la lejana Villa de Peto. Era un señor ya septuagenario o nonagenario, vestido todo de blanco (con camiseta blanca de cuello en v, pantalones blancos, paliacate rojo y alpargatas) y era blanco, casi tirando a albino.

Ese herrero matusalénico de mi infancia tenía un yunque enorme y una caldera de bronce, y creo que hasta un fuerte fuelle hecho con cuero de vaca.

Aquel herrero de los mayores hacía buenos machetes y coas y a veces hasta cuchillos, y me dicen que hasta unas buenas escopetas o partes de ella.

Nadie siguió su trabajo, no sé si tuvo parentela que siguiera con esas duras faenas, lo cierto es que al morir, su predio se enmontó, y solo quedaron de su herrería dos enormes palma reales que antes fungían como puerta de entrada a su establecimiento. Mi padre aprendió algunos trucos y muchos trabajos de herrería con este maestro.

Lo cierto es que los herreros de los pueblos, los que trabajaban con yunque y fuelle (no los que los sustituyeron, los simples hojalateros y lamineros), se van perdiendo en el Yucatán profundo. Ahora, arguyo, quedan puro laminero sin más arte que hacerlo todo mal.

sábado, 25 de octubre de 2025

El supremo capón (cuento contrarrevolucionario)




 Por Gilberto Avilez

 

“Se acabó la diversión,

Llegó el Comandante

Y mandó a parar.”

 

(Letra de Carlos Puebla, aunque uno preguntaría, ¿qué es lo que mandó a parar el Comandante?, ¿el tiempo, su muerte?)

 

Allá en mi pueblo -un pueblo sin crepúsculos arrebolados que siempre fue conservador y porfiriano en sus tiempos mejores-, se decía cosas de Cuba y del comunismo, que escuchaba desde mis muy infantes años de la última década del socialismo real anterior a la caída del Muro de Berlin. Estas consejas pueblerinas iban desde alabanzas acríticas a esa gigantesca mazmorra isleña, hasta execraciones malignas proferidas por los beatos del pueblo: que de Cuba nada bueno –salvo Reinaldo Arenas, Cabrera Infante y otros grandes disidentes como Huber Matos- salió desde que llegó Fidel y “mandó a parar” y mandó a defenestrar el tiempo para imponer un único tiempo: el tiempo de la “Revolución”, petrificando hasta las olas del mar de aquella inmensa mazmorra tropical.

 

 Una de esas historias –algunas, sicalípticas si había una jinetera de ancho caderamen de por medio- que mis orejas no tan inocentes oyeron alguna vez, me la contó un viejo marxista del pueblo que quiso hacer la guerrilla subido a la Sierrita Puuc, pero que a la vuelta de su autocrítica se volvió un descreído de ronco penar de su vieja fe de idólatra “marjijta leninijjta”,  y tocaba directo a la larga longevidad del sátrapa antillano nacido de los testículos estirados de su señor padre gallego feudal, hijo de señor feudal, el sátrapa antillano burgués amanerado que estudió el derecho corrompido salido de la colonialidad cubana donde los negros siguen siendo siervos de la gleba a pesar de revoluncioncitas-sierramaestras-conchadesumadre-pelaná.

El viejo profesor ex materialistahistórico-mao-sendero-ligado23-delincuencial, en una cantina de mala muerte de aquel pueblo de no menos mala muerte, al octavo misil me preguntó algo así (sus palabras estaban trufadas de "coños" y de por "una chingada" y de “comemierdas”):

 

¿Usted sabe por qué Fidel enterrará a todos esos hijueputas que se inmolan como bestias por una ideología roja del carajo? Ya enterró a Hugo, ahora va por Evo, luego por Correa el hijo de su chingada.

 

Yo, apenado de mi supina y crasísima ignorancia, dije:              

 

No, maestro, usted cuente: ¿por qué el dictador enterrará a todos esos hijueputas comemierdas mactaes pelanaes chingada de su madre rojos pútridos sin elegancia?

 

El ex marxista, descreído de todo dogma y de todo caudillaje y anexas peladajes, contestó:

 

Es sencillo: el caballo está capado.

 

¿Cuál caballo está capado?

 

No sabes ni una chingadera de historia, ¡recoño! El caballo, para que vayas sabiendo mi querido historiador pueblerino, era el apodo que tenía en la Sierra Maestra el camaján que regentea la isla-jinetera aquella.

 

¿Así?

 

Sí, dicen que no tiene un huevo el hijueputa, y las malas lenguas aseguran que no uno sino los dos le faltan. Que es un capón, un macho dictador pero capón, como esos cochinitos que capaba tú abuelo para que no sean verracos y anden chingando la carne con sus testosteronas.

Una vez, estando en La Habana en un viaje de turista revolucionario –por las mañanas aprendía con los cubanos estrategias de guerra en un cuartel a las afueras de la ciudad, y por las noches iba de putas con todas las negras y mulatas que me encontraba sin querer, dándome el culo sin pedir nada a cambio, apenas unos mugres dolaritos-, recalé en una lancha de pescadores furtivos porque quería homenajear a Hemingway comiendo pescado frito con pan cazabe y tomando hartos litros de ron. En medio de aquel mar azul-azul de la mazmorra antillana, con algunas aletas de tiburón rodeando la barcaza, los pescadores comenzaron a contarme cosas antirrevolucionarias según yo, porque en aquel entonces todavía no había renegado de mi marxismo pueblerino. Los pescadores me decían que no tenían ni para bañarse bien ni para comer como se debe, que el colectivismo había vuelto conchudo a medio mundo, y que las universidades “revolucionarias” seguían siendo de los blancos, no de los negros ni de los guajiros:

 

“¿Has visto tú –me cuestionaron- a un médico negro?”

 

“¡En mi puta vida, ahora que lo dices, no!, pero he observado que el mercado jinetero está copado de negras, pero de esas jineteras, igual hay blanquitas culoredondos”.

 

Yo ya estaba a punto de sacar mi revolver de guerrillero y mandar a la chingada a los pescadores furtivos contrarrevolucionarios, cuando uno, el más viejo de la tribu, dijo:

 

Yo pertenecía a la guardia revolucionaria, combatí en África con el asmático asesino, y una vez, en una orgía en que el Sátrapa se cogía a Haydé hasta por las amígdalas, después de sus arrumacos, oía que ésta le decía a Fidel que se siente rebonito que le estén dando por el culo por un supremo capón. Yo entendí, del otro lado de la puerta de la alcoba del sátrapa supremo, al instante que Fidel no tenía huevos. Luego, paré bien la oreja para seguir oyendo: el Supremo Capón, practicante de la santería, le contó a Haydé que la causa de su capada, o emasculada para ser finos en la hablada, se debió a que, teniendo ya a todos sus hijos, el “macuco” santero de la Habana le dijo que por cada huevo que se cortara, 25 años de vida tendría. No había ni terminado de explicar sus razones el brujo, cuando el Sátrapa, amante de la vida, con un “filo” que traía, se descuajó ahí mismo sus mierdas.

 

El viejo profesor, bebiendo el décimo misil, con un delirio de lucidez tremens, dijo:

 

Ahora, imagínate que el hijo de su chingada hubiera nacido monstruo como mi tío Tino, que nació con tres huevos en el escroto. Capaz y que nos entierra a todos el hijueputa.

 

 

jueves, 29 de mayo de 2025

Contra el poeta curvatero y en recuerdo de la muerte por hambre de César Vallejo



César Vallejo murió de hambre en París. ¡Qué perro coraje me repta!
El mejor poeta de habla española del siglo XX murió con hambre, literal, con hambre en las tripas andinas.
No tenía nadie un pan duro para regalarle, un mísero pan duro para sacarlo de los heraldos de la muerte y sus látigos malditos.
César Vallejo murió de hambre en París, con aguacero y en jueves del cual tengo ya el recuerdo.
Y tú, poetita de mierda inflado por filisteos ignaros,
que te crees tocado por los dioses del presupuesto en tu gran culo de burgués inflado,
rumias tus bien engordadas siluetas,
eructando el apapacho que te dan los granujas oficiales
que te celebran cada año tus mierditas de poemas pendejos,
¿dices que sufres por nada, viejo pendejo?
Eres una pobre bestia que escribe malos versos y mala poesía estreñida.
Pero César Vallejo ha muerto, murió en París, y nadie tuvo un puto pan duro que darle.

miércoles, 7 de mayo de 2025

Comentarios al texto de un estudiante de Derecho indígena de origen huehuetleco

 





Comentarios al texto de Salvador Méndez

Dr. Gilberto Avilez Tax

Universidad Intercultural Maya de Quintana Roo

 

Hablar de los pueblos indígenas es, antes que nada, lidiar con mucho bagaje de sentido común que, como consecuencia de esa larga mirada colonial, se han cernido contra ellos, a veces con una carga romántica difícil de cuestionar por lo que implica de “políticamente correcto”, y otras más con unas deformaciones que rozan el racismo epistémico. Contra eso, las nuevas generaciones de intelectuales indígenas salidos de las comunidades mismas y que, como almácigo necesario, se forman tanto intelectual como profesionalmente en las UIES (Universidades Interculturales), deben y están obligadas a cuestionar. El trabajo en proceso de Salvador Méndez, es un ejemplo de ello, pues el alumno, por lo que he leído del planteamiento de su tema de estudio, pone como centro de su análisis a la mujer totonaca, para la comprensión de una cosmovisión indígena actual: el mundo de vida de los huehuetlecos.

En la mejor tradición de la antropología jurídica establecida por estudios clásicos como el trabajo que coordinó en su momento Esteban Krotz,[1] o las propuestas de derechos indígenas con corte de género, como los estudios de Chenaut, María Teresa Sierra, se ha cuestionado los espacios cerrados del derecho positivo, su poca familiaridad con el contexto histórico, antropológico y sociológico en donde se desenvuelve el entramado jurídico: la cambiante realidad social. Sin embargo, y para cuestionar una ya olvidada posición “neutra” de la antropología comprometida, creo que el trabajo de Méndez se presenta con un dejo humanístico, ya que plantea que algunas manifestaciones de “la costumbre”, lejos de crear comunidad, divide, aherroja y segrega. ¿Podemos los estudiosos del derecho indígena seguir en la estela de invisilidad de derechos en que se encuentran buena parte de las mujeres indígenas del país? Imponer amigablemente una percepción antropológica a un logos machista invocando a la “costumbre”, es algo que nunca he compartido, y Méndez creo que tampoco. En este sentido, creo que habría que volver nuevamente, con ojos más críticos y con los nuevos aparatos teóricos de las actuales ciencias sociales, a los trabajos pioneros de Aguirre Beltrán y la escuela indigenista, tantas veces execrados por “de eso que llaman” antropología “comprometida” en purificar y dejar prístino lo que nunca ha sido: el mundo abierto y movible de las comunidades indígenas, la siempre yuxtaposición de encuentros y desencuentros, el mestizaje que se dio no solamente con la “extraña” cultura que vino en los barcos a partir de 1492, sino hasta con los contactos intra-mesoamericanos, como la nahuatlización ocurrida en la Península de Yucatán con las avanzadas “putunes”.

No se me mal entienda que pugno nuevamente, de forma anacrónica y desfasada, por un regreso al indigenismo clásico. Sin embargo, creo que el alumno tiene que distinguir este recorrido antropológico para plantear preguntas y formular respuestas. Se ha distinguido dos tipos de antropología mexicana en el decurso del siglo XX: por un lado, se encuentra la antropología acrítica indigenista, que sirvió al Estado mexicano nacido de la revolución mexicana, para llevar a cabo sus planes de “desarrollo económico”, y cuyas líneas de acción se centraban en “integrar” a los pueblos indígenas a la nueva nación que se forjaba en el crisol de la homogeneización estatal. Por otro lado, la antropología crítica que vio la luz en 1970, con la publicación de un pequeño libro de título novelesco: De eso que llaman antropología mexicana. Ese libro fue influenciado por la “nueva sociología” mexicana cuyo epítome fue La democracia en México (1965), de Pablo González Casanova, en donde se teorizaba sobre el colonialismo interno de las élites mexicanas con los distintos grupos subordinados como el campesinado y los pueblos indígenas. Sin embargo, lo que comenzó como cuestionador del dogma indigenista, se parapetó en otro dogma, el culturalistamente político, hasta el punto de criticar la infraestructura básica –carreteras, electricidad, etc.- que el Estado mexicano realizaba en las regiones indígenas. Entre estas dos percepciones y proposiciones dualistas y excluyentes, está la importancia del diálogo intercultural entre el derecho positivo y la sensibilidad (no acrítica) que posibilita la antropología jurídica de las comunidades actuales.

En ese sentido, el trabajo intercultural de Méndez gira en torno a presentar las voces de las mujeres de Huehuetla sobre tópicos de la “costumbre machista”, del patriarcado indígena. Es un intento loable por crear, con nuevas reinterpretaciones presentadas por las mismas mujeres huehuetlecas, una comunidad más incluyente y respetuosa de las cuestiones de género. Si existe un “deber cultural” de las mujeres huehuetecas, las nuevas generaciones de huehuetlecos tienen un nuevo deber: dejar de verlas como "úteros generadores de vida y continuidad”, y empezar a verlas, siguiendo a Méndez, como complementos irradiantes de las constantes recreaciones culturales de la cultura huehuetleca.

 



[1] Krotz, Esteban. 2002. Antropología jurídica: perspectivas socioculturales en el estudio del derecho, España, Anthropos y Universidad Autónoma Metropolitana. 



martes, 15 de abril de 2025

Del katún de la Xcaretización: ¿sigue siendo el pueblo maya de Quintana Roo "un pueblo en marcha"?


 


Por Gilberto Avilez

 

Asiento en este nuevo pliego de este Chilam virtual, lo siguiente:

Vivimos en el tiempo del katún de la Xcaretización. Y estos pueblos depauperados por injusticias históricas, pueblos donde resuena la historia de lucha y defensa autónoma de los mayas verdaderos de mediados del XIX (no los vulgares xcaretitos de hoy) se convierten, en esta perspectiva ladina, en "lugares turísticos" para el gringo "conquiro".

Y de esto, ya se sabe: rumian y aplauden los defensores de la más palurda Xcaretización.

En el reino de la infamia turística y sus avatares comunitarios, rurales, todo se vende, todo es turístico, un souvenir que se compra con euros o dólares,  pero los mayas verdaderos, los pocos que van quedando por tanta marginación, racismo y blanquitud educativa, seguirán siendo el staff de la trastienda del turismo, algunos entenderán que esto es la verdad incontrastable de la vida, harán tesis sobre ello, de  que el turismo es como el cristianismo que les llegó a la cabeza de sus ancestros: una forma de divina providencia que no se tiene que cuestionar, que no se tiene que disentir, so pena de ser tachado de idólatra, hereje o apóstata de la única fe verdadera, la fe en el Cristo-turístico.

martes, 1 de abril de 2025

Documentos para la historia de Quintana Roo: el combate a la langosta en el aislado Territorio de Quintana Roo del año de 1941


En los años terribles de la langosta (principios de la década de 1940), la lejanía y condición de aislamiento del Territorio de Quintana Roo, impidió que el gobierno de ese estado, presidido por Gabriel R. Guevara, combatiera con rapidez a las mangas voraces de langosta que surcaban toda la Península. Fueron años terribles que se puede indagar en los archivos y en las memorias orales de la gente.

Lo interesante de este documento que presento, es que un antiguo almirante, el tamaulipeco Othón Pompeyo Blanco Nuñez de Cáceres (1868-1959), que las consejas croniqueras lo designan como fundador de Chetumal en 1898, escribe una respuesta en 1941 que sería satisfactoria para que el combate a la langosta en el viejo Territorio que conocía a la perfección don Pompeyo, se realizara.

El fundador de Chetumal, recordemos, fue parte de la armada porfiriana. Othon P. Blanco firmaría, en nombre de la armada nacional vencida por los ejércitos revolucionarios, la segunda acta de los Acuerdos de Teoloyucan, el 13 de agosto de 1914, sobre el guardafangos de un automóvil frente al general de división Álvaro Obregón y el general de brigada Lucio Blanco.

Othón Pompeyo Blanco, con el tiempo, regresaría a prestar sus servicios a la armada que se crearía de las ruinas del estado porfiriano.


Fuente: AGEQRO. Fondo T.F.Q.R. Sección Despacho del Ejecutivo. Serie Informes, fecha: 9 de octubre de 1941.



sábado, 15 de marzo de 2025

Colonia Guadalupe: un núcleo agrario independiente del ejido de Peto

 



 (Texto escrito el 16 de enero de 2013)

Bajando del autobús de Mérida a Peto, pedí a un “tricitaxista” que me llevara, pues traía libros y documentos. En el trayecto, señalé que no llovió en el pueblo, pensaba que sí, porque en buena parte del camino la lluvia estuvo dale que dale. El hombre, como de 30 años, me contestó: "Pues no, no vinieron los chakes, y eso no va a estar bueno para los cítricos ni para la siembra..." Estas palabras desencadenaron unas preguntas incisivas que le hice al "obrero del pedal": que si se dedica a la milpa, o si tiene una parcela donde siembra. Me dijo que en la "temporada alta", trabaja de cocinero en Playa del Carmen, y que cuando no hay mucho trabajo, se regresa al pueblo y se va a “unas tierras” donde tienen cítricos, algunas colmenas, etc, y donde siembra maíz, frijol, calabazas, ibes, camote y yuca. Al final, justo enfrente de la puerta de mi casa, me dijo que su ejido es el ejido Guadalupe...y mi memoria trajo a cuento un caso que se presentó cuando la ampliación de ejidos a la villa de Peto, en los años 70, durante el periodo de Luis Echeverría.

Por tener problemas con el comisariado ejidal en la década de los 70, porque para esas fechas las “mencionadas Autoridades Agrarias de Peto, desean formar un Ejido ganadero en nuestra “Colonia””., los labriegos de la “Colonia Guadalupe” pidieron, en 1973, que “se nos otorgue independencia respecto del Ejido de Peto, dándole categoría de ejido a la Colonia Guadalupe y se nos reconozca los derechos agrarios sobre dichas tierras”. Nunca obtuvieron esa independencia, pero los labriegos lograron parar las intenciones de las autoridades agrarias del comisariado petuleño.

En 1936 fue el inicio de la historia de esta “Colonia Guadalupe”, pues como decían en su carta del 20 de agosto de 1973, los campesinos de esa “Colonia”, le decían al C. Jefe del Departamento de Asuntos Agrarios y Colonización, lo siguiente:

Los suscritos campesinos de la “Colonia Guadalupe”, ubicada en la Villa de Peto, Yucatán, México, por medio del presente memorial acudimos ante usted en solicitud de Justicia para el caso que inmediatamente exponemos: En el año de 1936, los campesinos de Macmay, población del Municipio de Peto, Yucatán, nos invitaron a los campesinos que nos encontrábamos trabajando tierras de “La Ermita”, finca ganadera de la propiedad del señor Fernando Lara, quien nos alquilaba parte de dicha finca mediante una renta mensual, para verificar una asamblea con el fin de que unidos hiciéramos una solicitud de Dotación de tierras, para que dejásemos de pagar por las tierras que cultivábamos.

Para esto, fue designado un ingeniero, quien junto con los campesinos de Macmay y los arrendatarios de las tierras de “La Ermita” deslindaron las tierras, y a la Ermita, con anuencia de su propietario, se le fraccionó una franja de varios cientos de hectáreas, “que ahora venimos a enterarnos que son 2,009 hectáreas”. Estas 2009 hectáreas entraban a formar parte de las 11,850 hectáreas para el ejido de Peto, dado por Resolución presidencial el 19 de julio de 1929.  De 40 a 50 labriegos de Macmay y ex arrendatarios de “La Ermita” las comenzaron a trabajar ,  y debido a que carecía de agua en dicho lugar, los campesinos tenían que “caminar tres kilómetros y medio para conseguirla”. Fue entonces cuando se decidió hacer un pozo para facilitarles el trabajo de las siembras:

 

               “En virtud de esa circunstancia, los señores Antonio Pech, Apolonio Pech y Rufino Dzul, dieron la idea de abrir un pozo en dicho lugar, para lo cual solicitaron previamente autorización de las autoridades municipales y ejidal de Peto, y una vez obtenido dicho permiso, invitaron a los campesinos que trabajábamos dichas tierras, para ver la forma de cooperar para la realización del pozo”.

De todos los campesino, 25 cooperaron para dinamitar la laja, sacar tierra y llegar al manto freático.

               Para hacer el pozo, de los campesinos de ese lugar, de los 40 o 50, cooperaron 25, de los cuales han fallecido seis y se han desavecindado 4.

Una vez hecho dicho pozo, los 25 participantes decidieron nuevamente dividir la extensión  de las 2009 hectáreas, en una franja de 600 hectáreas alrededor del pozo para que 40 campesinos (25 socios fundadores y 15 más que se les agregaron, que eran hijos de algunos de los 25 “fundadores”). Esta segunda división, se llevó en el año de 1952. El Comisariado Ejidal y la mayoría de los ejidatarios de Peto, en asamblea general celebrada el 10 de mayo de 1952, “acordaron solicitar de la Delegación Agraria su apoyo para que se verifique el deslinde de la Colonia Agrícola Guadalupe, ubicada dentro del ejido definitivo del poblado de Peto, mandando la documentación correspondiente para que la Superioridad resuelva lo que corresponda”. El 8 de julio de ese año, un ingeniero de la Delegación Agraria llevó a cabo el deslinde y levantamiento topográfico de las hectáreas para la formación de dicha “Colonia Ejidal”, con 40 socios. Las 600 hectáreas de la Colonia, se encontraban, como es lógico, en los alrededores de dicho pozo. Los 40 socios formaron:

 […] un comité que llamamos Pro-embellecimiento de la Colonia Guadalupe, llamada así en honor de nuestra Patrona, la Virgen de Guadalupe, comité que existe en la actualidad (1973), ya reorganizado, pues desgraciadamente no contamos con la ayuda y asesoramiento de las Autoridades Agrarias de la Villa de Peto, Yucatán, lugar donde pertenece nuestra Colonia.”

Pero en 1973, los 40 socios de la Colonia Guadalupe, decidieron separarse definitivamente del Comisariado Ejidal, por las supuestas razones

Se construyó un pozo en el lugar, y cada aniversario de la fundación del pozo, los labriegos hacían ceremonias agrícolas (las "primicias", el chachac) para conmemorar un año de ser independientes del ejido de Peto. Los labriegos del "ejido Guadalupe" dividieron sus 500 hectáreas de terrenos ejidales, y aunque no se separaron jurídicamente (imposible por ser resolución presidencial), han trabajado su tierra de forma autónoma como una especie de ranchería, y así siguen, hasta la fecha.

Yo creía que eso era cosa del pasado, pero de la plática entre emocionada de mi parte, y el asombro y extrañeza de Armando Tziu (ese es el nombre del tricitaxista que me sintetizaba la historia agraria de su "ejido") al ver que le enseñaba las transcripciones de  unos documentos que le atañen a él, a los suyos y a la memoria de sus "bisabuelos", Armando me dijo que "el domingo viene mi tío a verlo para platicar con usted..." Yo le dije: mejor quitémosle el cansancio a tu tío, y yo me presento a su casa..." Quedamos que Armando le preguntaría a su tío y  a los demás miembros del grupo de descendientes de los antiguos labriegos que en 1936 decidieron separarse del ejido de Peto y formar uno nuevo, si era posible una plática para conocer la historia oral de la "Colonia Guadalupe".

martes, 4 de marzo de 2025

Cuando Yucatán perdió la selva oriental: la creación del Territorio de Quintana Roo


 

Por Gilberto Avilez Tax (texto publicado el 20 de noviembre de 2019)

 

Es un hecho incuestionable que la Guerra de Castas de Yucatán (1847-1902) fue un fenómeno regional, y es un claro ejemplo de un proceso histórico local que, sin embargo, tuvo nexos nacionales e internacionales. Su singularidad estriba en que esta guerra de más de 50 años influyó en la configuración político-territorial de la Península: el desmembramiento, primero, de Campeche en 1858, y la creación del Territorio de Quintana Roo en 1902, por decreto presidencial porfiriano del 24 de noviembre de ese último año.

Si podemos hablar de uno de los padres fundadores del Territorio de Quintana Roo, se lo debemos a aquel viejo soldado tuxtepecano que a finales del siglo XIX oyó las sirenas capitalistas resoplando sus intereses en la selva o costa oriental de la Península, un extenso territorio ganado con sangre y fuego por los aguerridos cruzoob en la medianía del XIX, y en donde habían fomentado, vía la ayuda necesaria de los ingleses del lado derecho del Hondo, una sociedad autónoma e independiente.

          Desde los últimos años del siglo XIX, tanto en la ciudad de los barones del henequén, Mérida, como en el Palacio donde regenteaba con pleno dominio el general Díaz, comenzó a circular una serie de noticias de una interminable riqueza forestal que guardaban las tierras del oriente peninsular, que estaban fuera de la jurisdicción estatal debido a la guerra que la “barbarie” indígena hacía a la “civilización yucateca”. Tierras ricas que, además, servían como fuente para los mayas rebeldes para hacerse de recursos como pólvora y armas, así como para avituallarse. Esto lo había apuntado Hübbe desde las páginas de El Eco del Comercio, entre 1880 y 1881: “Desde las márgenes del Río Hondo, hacia el interior de extensos bosques de las maderas más útiles y valiosas cubran estas comarcas de la Península, y dedicándose a su explotación, los indios con facilidad adquirían los medios de pagar el valor de los efectos que la colonia de Belice les proporcionaba”.

          Entonces, es de entender que la guerra que se emprendiera por tierra y mar a partir de 1895, así como por las relaciones diplomáticas que Díaz dispuso con la corona inglesa (los tratados Mariscal-Spencer significaron el fin del tráfico de armas británicas hacia Santa Cruz, el cese de las incursiones de colonos ingleses para la explotación forestal, la delimitación de la frontera en el sur, y la ayuda inglesa para “pacificación” a los mayas), tuvieron como objetivo único que el gobierno porfiriano, así como sus adictos locales, se beneficiaran del rico botín forestal, sobre todo, del fuerte mercado extranjero en crecimiento de la achras zapota, o Manilkara Zapota, (el chicle), como de las riquezas maderables que abundaban en los antiguos territorios indígenas. Una de las historiadoras que más ha estudiado esto, en los inicios de la conformación económica del Territorio de Quintana Roo, Teresa Ramayo Lanz, apuntó en un reciente libro, lo siguiente: El nacimiento de Quintana Roo en 1902 respondió a la necesidad del régimen porfirista por controlar políticamente la región peninsular, además de que el gobierno de Díaz quería los beneficios de la apertura al capital extranjero de la reserva forestal peninsular (Teresa Ramayo Lanz. Política, economía chiclera y territorio: Quintana Roo. 1917-1940. Mérida. Ediciones de la UADY, 2014).

Recordemos que a finales del siglo XIX, el control del henequén estaba en manos gringas ayudadas por las oligarquías locales y nacionales, pero estas miras imperialistas no se restringían a las pedregosas tierras del noroeste henequenero, sino que miraban igual a las selvas sudorientales.

Díaz dispuso los mecanismos militares para el control geoespacial, y después, económico de esta región. Desde luego que contra la erección del Territorio del 24 de noviembre de 1902 hubo descontentos, como el caso de Francisco Cantón y un grupo de henequeneros, que vieron perdido ese territorio oriental y que protestaron airadamente contra la segregación. A estos descontentos, Díaz les hizo caso omiso, y a los que se plegaron a sus designios (el clan de Olegario Molina Solís, grupo de la Casta Divina contrario a los cantonistas, entre otros miembros científicos nacionales) se les premió con vastas extensiones de selvas en concesión, que sólo pasaría por la federación. Un intento desesperado de Cantón por correr la división espacial del nuevo Territorio (dejándole a los yucatecos una parte norte de la costa oriental, a partir de Tulum) y señalando como razones la diversidad en la producción agrícola (no depender únicamente de los henequenales, sino fomentar productos tropicales), fue al final desechado por el gobierno central.

La respuesta que adujo el gobierno de Díaz, tanto por medio de sus plumas al servicio de sus intereses (El Eco del Comercio, entre otros diarios adictos al clan Molina-Montes), como en el Texto íntegro de la iniciativa presentada a la Cámara de la Unión por el Ministerio de Gobernación. Reforma al artículo 43 Constitucional, fue la nula capacidad –tanto en términos militares como en lo económico, así como en lo poblacional- del gobierno yucateco para administrar esta vasta zona que fue durante más de medio siglo, un bolsón de resistencia indígena. Urgía, entonces, que el gobierno porfiriano proyectara la creación de una nueva entidad con carácter de territorio federal para la explotación de la selva, amén de que todo esto tenía por objetivo, señalaban los porfirianos, la pacificación definitiva de los mayas rebeldes (Ramayo, ibídem). Era obligatoria una intervención del centro para, según el razonamiento geopolítico, fomentar el territorio y civilizarlo.

Desde las páginas de los periódicos de la época, dos grupos políticos locales yucatecos entraron en una serie de polémicas que consistían en apoyar la creación del Territorio, y otros en cuestionar constitucionalmente el decreto porfiriano. Por una parte, se encontraba el grupo del gobernador Francisco Cantón, que dispuso lo necesario para la “pacificación” de los cruzoob; y cuya pluma más conspicua era su sobrino, el poeta y literato Delio Moreno Cantón, que cuestionó la legalidad del decreto del 24 de noviembre de 1902, tachándolo de inconstitucional la modificación del artículo 43 de la Constitución de 1857. El argumento de Moreno Cantón señalaba que la Cámara de Diputados:

 

“[…] no estaba facultada para crear nuevos estados fraccionando los ya existentes, y menos aún podía establecer territorios. Hacerlo implicaba una violación a la soberanía de los estados y era, en consecuencia, vulnerar ‘la piedra angular en que descansa el edificio político de la patria.’ El reclamo podía ir todavía más allá, pues invocando el artículo 116, se acusaba a la Federación de haber incumplido con este precepto por lo menos desde la restauración de la República” (Felipe Escalante Tió. Los conservadores revolucionarios yucatecos. Periodismo, liderazgos y prácticas de prensa en la construcción del Yucatán revolucionario. 1897 – 1912. Tesis Doctoral en Historia. CIESAS, 2016, p. 128).

 

 

Por el otro, el grupo de Olegario Molina Solís, que instigó a Porfirio Díaz para que se respondiera desde la prensa adicta con alegatos contrarios a los cantonistas, sobre la necesaria erección del Territorio, pues Yucatán no podía, so pena de despoblarse y quedarse en la ruina, cargar con un territorio reacio por tanto tiempo al dominio meridano. Al final, triunfaría el ala molinista en todos los sentidos: en lo político, con la hegemonía molinista en los últimos años del Porfiriato en Yucatán, así como en lo económico, siendo el clan Molina uno de los más beneficiados con las concesiones forestales del oriente de la Península.

 

Documentos para la historia de la creación del Territorio de Quintana Roo

 

Como parte de las conmemoraciones del 117 aniversario de la erección del Territorio de Quintana Roo, insertamos para los lectores de Noticaribe dos documentos históricos que esencializa las razones porfirianas para la erección del Territorio, razones que llevan implícitas las objeciones de los yucatecos como Francisco Cantón que estuvieron en contra de otro desmembramiento de lo que alguna vez fue designado como el Gran Yucatán (la desmembración del espacio peninsular a lo largo del siglo XIX que incluía el Petén guatemalteco, Campeche, Belice y, por último, el Territorio de Quintana Roo).

 

 

La  Revista de Mérida. Diario Independiente. Mérida, Yucatán, sábado 9 de noviembre de 1901.

 

“La erección del Nuevo Territorio. Lo que significa para Yucatán”.

 

 

Publicamos en el número de hoy la inicia íntegra para la erección del nuevo territorio. Por ella podrá verse que no se sustrae á la obediencia del Gobierno de Yucatán ningún centro civilizado, que no estuviese ya sustraído de hecho desde 1847.

Mientras no se había empezado la campaña contra los mayas, el territorio que ocuparon fue guarida de sus hordas y amenaza constante para las poblaciones fronterizas, que durante medio siglo sufrieron el amago de las correrías é invasión de los salvajes.

          Estando la Nación en paz, se trató entonces no sólo de abrir una campaña para reducirlos al orden sino para civilizarlos; procurar por la colonización el aumento de los habitantes de la República; aprovechar la costa para abrir puertos: cubrir y reforzar las fronteras y hacer surgir nuevas fuentes de riqueza.

          Es decir que la obra presenta dos fases: la puramente militar ó de reconquista y la de de hacer ésta duradera, eficaz y útil para el país. Estamos todavía á la mitad de la primera faz y en los cuatro años de campaña, Yucatán ha podido convencerse de que el tributo de sangre y de dinero que exige la guerra es por todo extremo ominoso.

          Dinero y sangre: he aquí los únicos medios que permiten llevar á cabo la magna emresa proyectada, que cada día tiene mayores exigencias. Veamos si el Estado puede proporcionar por más tiempo este contingente y fijándonos primero en la cuestión de los fondos públicos, no han bastado las entradas ordinarias y ha habido qué contratar un empréstito para sufragar los gastos indispensables de nuestros guardias y trabajadores que han estado abriendo y defendiendo los camino, u es evidente para todos que, en punto á gastos, los hechos hasta aquí, son apenas los primeros, pues aún falta terminar la reconquista, aún falta la conservación del territorio adquirido y el cubrir con fuerzas las fronteras, los cantones militares y los puntos estratégicos.

Y todo esto no es más que el inicio de la gran idea, y por mucho que haya costado…resultará pequeña comparándola con la que hay qué gastar para hacer útil la obra de pacificación.

          Aún aceptando, pues, que ésta ya estuviese terminada, cáese de su peso que nuestro Estado no podría gastar los millones que requieren el atraer inmigración, fundar pueblos, abrir puertos, hacer buenos caminos y desarrollar en los lóbregos campos insalubres, elementos de engrandecimiento.

¿Qué haría Yucatán si el Gobierno General, una vez terminada la reconquista del territorio, lo dejara en nuestras manos para gobernarlo? Ni cunado el Estado tuvo doble número de habitantes pudo su Gobierno hacer llegar su aliento hasta la remota costa oriental, ni la vecindad de la colonia inglesa de Belice.

          Por tanto, este territorio que no ha estado de hecho sometido á la acción administrativa de los poderes del Estado, sin la positiva y eficaz autoridad federal, sería un refugio para los malhechores y nuevo cauce donde se desviarían en anárquicas corientes los brazos y elementos de nuestro Estado.

          Basta estas consideraciones para demostrar que á Yucatán no conviene en manera alguna recibir una carga tan desproporcionada con sus recursos pecuniarios;  pero esta verdad se impone con más fuerza cuando se medita en lo que significa el segundo factor de la campaña: la contribución de sangre.

          Esta contribución que horroriza a las madres, la pagado Yucatán desde el principio de la campaña, y durante cuatro años ha sentido removerse en su seno tal hondo malestar, sin proferir una queja, sin desmayar un día en la obra redentora emprendida para atraer a la civilización a nuestros hermanos descarriados.

Con la contribución de sangre, quedan sangrando los pueblos “porque nuestra población es muy reducida y cada vez que vuelven hidrópicos y extenuados los que contrajeron fiebres y disenterías sirviendo a la patria, se palpan las bajas numerosas que sufre la población yucateca.

 

En fin que:

 

“Ni sus recursos, ni su población le permiten [a Yucatán] conservar esa región, y si alguno, de pronto, al tener noticia de que se trata de cercenar el territorio del Estado, sintiese herido su amor a Yucatán, con un poco de reflexión vería que mucho perderíamos conservando esa gran extensión que nos ha sido hostil; y, por el contrario, con la erección del nuevo territorio, se dilatará el espacio en que ondée nuestro emblema nacional y se ampliará el campo para el espíritu emprendedor de los yucatecos.

          Se tiene el deseo de que el Gobierno Federal: “en porvenir no muy remoto, hará práctica y útil la empresa, convirtiendo las llanuras y los bosques, en terrenos de labranza para las subsistencias; creando la industria que es campo de actividade provechosas, y estableciendo el comercio, fuente de riqueza y prosperidad en todos los países. Así, en vez de desiertos y territorios inútiles, tendremos, al alcance de la manao, centros poblados y civilizados con cuyas relaciones mejorará en todos los sentidos el porvenir de Yucatán”.

 

 

La erección del Territorio federal en Yucatán. Extracto del Texto íntegro de la iniciativa presentada a la Cámara de la Unión por el Ministerio de Gobernación. Reforma al artículo 43 Constitucional. (Por telégrafo para LA REVISTA).

 

Un sello que dice: “Secretaría de Estado y del Despacho de Gobernación. México. –Sección 2ª Número 4,388.”

 

 

“[…] en esa extensión del territorio reconquistado, se carece de administración legal, regulada, bajo cuyo amparo se estimule la colonización de las comarcas hasta hoy desiertas y se promuevan y se lleven a cabo la multitud de trabajos materiales y providencias administrativas que hoy, más que nunca, se hacen necesarias para devolcer aquella región a la vida civilizada. Esta empresa, que demanda una suma de poder y de gastos que no están al alcance de los gobiernos locales, debe, por ahora, en concepto del Ejecutivo, correr á cargo de la Federación; y por tales consideraciones, juzga indispensable que se erija en territorio federal que llevará el nombre de Quintana Roo, la porción conquistada en el Estado de Yucatán y que será determinada conforme se indica en el adjunto plano, por la siguiente línea divisoria.

 

 

 

 

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