Este blog continúa con mis temas centrales y mis obsesiones cotidianas que toqué en innumerables ocasiones en Desde la Península y las inmediaciones de mi hamaca. A saber, la historia de la Península de Yucatán, la literatura, el quehacer político y la ciencia política, mis acercamientos anfractuosos con la poesía y la narrativa, el rescate de las memorias y el olvido aparente de lugares y personas. De algún modo, es un intento de modificar la realidad mediante los ejercicios literarios.
viernes, 12 de diciembre de 2025
La civilización vampírica
martes, 25 de noviembre de 2025
"Una voz se oye desde el norte del paseo: ¡Bienvenido Montejo!, ¿por qué has tardado tanto en llegar? Hace 100 años que espero tu arribo, dice Justo Sierra desde su pedestal"
sábado, 22 de noviembre de 2025
Oficios perdidos: De los pozos y los poceros de los pueblos de Yucatán, apuntes para un libro futuro
Oficios perdidos: quedan pocos herreros en los pueblos yucatecos
sábado, 25 de octubre de 2025
El supremo capón (cuento contrarrevolucionario)
Por Gilberto Avilez
(Letra de Carlos Puebla, aunque uno preguntaría, ¿qué es lo que mandó a parar el Comandante?, ¿el tiempo, su muerte?)
Allá en mi pueblo -un pueblo sin crepúsculos arrebolados que siempre fue conservador y porfiriano en sus tiempos mejores-, se decía cosas de Cuba y del comunismo, que escuchaba desde mis muy infantes años de la última década del socialismo real anterior a la caída del Muro de Berlin. Estas consejas pueblerinas iban desde alabanzas acríticas a esa gigantesca mazmorra isleña, hasta execraciones malignas proferidas por los beatos del pueblo: que de Cuba nada bueno –salvo Reinaldo Arenas, Cabrera Infante y otros grandes disidentes como Huber Matos- salió desde que llegó Fidel y “mandó a parar” y mandó a defenestrar el tiempo para imponer un único tiempo: el tiempo de la “Revolución”, petrificando hasta las olas del mar de aquella inmensa mazmorra tropical.
Una de esas historias –algunas, sicalípticas si había una jinetera de ancho caderamen de por medio- que mis orejas no tan inocentes oyeron alguna vez, me la contó un viejo marxista del pueblo que quiso hacer la guerrilla subido a la Sierrita Puuc, pero que a la vuelta de su autocrítica se volvió un descreído de ronco penar de su vieja fe de idólatra “marjijta leninijjta”, y tocaba directo a la larga longevidad del sátrapa antillano nacido de los testículos estirados de su señor padre gallego feudal, hijo de señor feudal, el sátrapa antillano burgués amanerado que estudió el derecho corrompido salido de la colonialidad cubana donde los negros siguen siendo siervos de la gleba a pesar de revoluncioncitas-sierramaestras-conchadesumadre-pelaná.
El viejo profesor ex materialistahistórico-mao-sendero-ligado23-delincuencial, en una cantina de mala muerte de aquel pueblo de no menos mala muerte, al octavo misil me preguntó algo así (sus palabras estaban trufadas de "coños" y de por "una chingada" y de “comemierdas”):
¿Usted sabe por qué Fidel enterrará a todos esos hijueputas que se inmolan como bestias por una ideología roja del carajo? Ya enterró a Hugo, ahora va por Evo, luego por Correa el hijo de su chingada.
Yo, apenado de mi supina y crasísima ignorancia, dije:
No, maestro, usted cuente: ¿por qué el dictador enterrará a todos esos hijueputas comemierdas mactaes pelanaes chingada de su madre rojos pútridos sin elegancia?
El ex marxista, descreído de todo dogma y de todo caudillaje y anexas peladajes, contestó:
Es sencillo: el caballo está capado.
¿Cuál caballo está capado?
No sabes ni una chingadera de historia, ¡recoño! El caballo, para que vayas sabiendo mi querido historiador pueblerino, era el apodo que tenía en la Sierra Maestra el camaján que regentea la isla-jinetera aquella.
¿Así?
Sí, dicen que no tiene un huevo el hijueputa, y las malas lenguas aseguran que no uno sino los dos le faltan. Que es un capón, un macho dictador pero capón, como esos cochinitos que capaba tú abuelo para que no sean verracos y anden chingando la carne con sus testosteronas.
Una vez, estando en La Habana en un viaje de turista revolucionario –por las mañanas aprendía con los cubanos estrategias de guerra en un cuartel a las afueras de la ciudad, y por las noches iba de putas con todas las negras y mulatas que me encontraba sin querer, dándome el culo sin pedir nada a cambio, apenas unos mugres dolaritos-, recalé en una lancha de pescadores furtivos porque quería homenajear a Hemingway comiendo pescado frito con pan cazabe y tomando hartos litros de ron. En medio de aquel mar azul-azul de la mazmorra antillana, con algunas aletas de tiburón rodeando la barcaza, los pescadores comenzaron a contarme cosas antirrevolucionarias según yo, porque en aquel entonces todavía no había renegado de mi marxismo pueblerino. Los pescadores me decían que no tenían ni para bañarse bien ni para comer como se debe, que el colectivismo había vuelto conchudo a medio mundo, y que las universidades “revolucionarias” seguían siendo de los blancos, no de los negros ni de los guajiros:
“¿Has visto tú –me cuestionaron- a un médico negro?”
“¡En mi puta vida, ahora que lo dices, no!, pero he observado que el mercado jinetero está copado de negras, pero de esas jineteras, igual hay blanquitas culoredondos”.
Yo ya estaba a punto de sacar mi revolver de guerrillero y mandar a la chingada a los pescadores furtivos contrarrevolucionarios, cuando uno, el más viejo de la tribu, dijo:
Yo pertenecía a la guardia revolucionaria, combatí en África con el asmático asesino, y una vez, en una orgía en que el Sátrapa se cogía a Haydé hasta por las amígdalas, después de sus arrumacos, oía que ésta le decía a Fidel que se siente rebonito que le estén dando por el culo por un supremo capón. Yo entendí, del otro lado de la puerta de la alcoba del sátrapa supremo, al instante que Fidel no tenía huevos. Luego, paré bien la oreja para seguir oyendo: el Supremo Capón, practicante de la santería, le contó a Haydé que la causa de su capada, o emasculada para ser finos en la hablada, se debió a que, teniendo ya a todos sus hijos, el “macuco” santero de la Habana le dijo que por cada huevo que se cortara, 25 años de vida tendría. No había ni terminado de explicar sus razones el brujo, cuando el Sátrapa, amante de la vida, con un “filo” que traía, se descuajó ahí mismo sus mierdas.
El viejo profesor, bebiendo el décimo misil, con un delirio de lucidez tremens, dijo:
Ahora, imagínate que el hijo de su chingada hubiera nacido monstruo como mi tío Tino, que nació con tres huevos en el escroto. Capaz y que nos entierra a todos el hijueputa.
jueves, 29 de mayo de 2025
Contra el poeta curvatero y en recuerdo de la muerte por hambre de César Vallejo
miércoles, 7 de mayo de 2025
Comentarios al texto de un estudiante de Derecho indígena de origen huehuetleco
Comentarios al texto de Salvador Méndez
Dr.
Gilberto Avilez Tax
Universidad
Intercultural Maya de Quintana Roo
Hablar
de los pueblos indígenas es, antes que nada, lidiar con mucho bagaje de sentido
común que, como consecuencia de esa larga mirada colonial, se han cernido
contra ellos, a veces con una carga romántica difícil de cuestionar por lo que
implica de “políticamente correcto”, y otras más con unas deformaciones que
rozan el racismo epistémico. Contra eso, las nuevas generaciones de
intelectuales indígenas salidos de las comunidades mismas y que, como almácigo
necesario, se forman tanto intelectual como profesionalmente en las UIES
(Universidades Interculturales), deben y están obligadas a cuestionar. El
trabajo en proceso de Salvador Méndez, es un ejemplo de ello, pues el alumno,
por lo que he leído del planteamiento de su tema de estudio, pone como centro de
su análisis a la mujer totonaca, para la comprensión de una cosmovisión
indígena actual: el mundo de vida de los huehuetlecos.
En
la mejor tradición de la antropología jurídica establecida por estudios
clásicos como el trabajo que coordinó en su momento Esteban Krotz,[1] o las propuestas de
derechos indígenas con corte de género, como los estudios de Chenaut, María
Teresa Sierra, se ha cuestionado los espacios cerrados del derecho positivo, su
poca familiaridad con el contexto histórico, antropológico y sociológico en
donde se desenvuelve el entramado jurídico: la cambiante realidad social. Sin
embargo, y para cuestionar una ya olvidada posición “neutra” de la antropología
comprometida, creo que el trabajo de Méndez se presenta con un dejo
humanístico, ya que plantea que algunas manifestaciones de “la costumbre”,
lejos de crear comunidad, divide, aherroja y segrega. ¿Podemos los estudiosos
del derecho indígena seguir en la estela de invisilidad de derechos en que se
encuentran buena parte de las mujeres indígenas del país? Imponer amigablemente
una percepción antropológica a un logos machista invocando a la “costumbre”, es
algo que nunca he compartido, y Méndez creo que tampoco. En este sentido, creo
que habría que volver nuevamente, con ojos más críticos y con los nuevos
aparatos teóricos de las actuales ciencias sociales, a los trabajos pioneros de
Aguirre Beltrán y la escuela indigenista, tantas veces execrados por “de eso
que llaman” antropología “comprometida” en purificar y dejar prístino lo que
nunca ha sido: el mundo abierto y movible de las comunidades indígenas, la
siempre yuxtaposición de encuentros y desencuentros, el mestizaje que se dio no
solamente con la “extraña” cultura que vino en los barcos a partir de 1492,
sino hasta con los contactos intra-mesoamericanos, como la nahuatlización
ocurrida en la Península de Yucatán con las avanzadas “putunes”.
No
se me mal entienda que pugno
nuevamente, de forma anacrónica y desfasada, por un regreso al indigenismo
clásico. Sin embargo, creo que el alumno tiene que distinguir este recorrido
antropológico para plantear preguntas y formular respuestas. Se ha distinguido
dos tipos de antropología mexicana en el decurso del siglo XX: por un lado, se
encuentra la antropología acrítica indigenista, que sirvió al Estado mexicano
nacido de la revolución mexicana, para llevar a cabo sus planes de “desarrollo
económico”, y cuyas líneas de acción se centraban en “integrar” a los pueblos
indígenas a la nueva nación que se forjaba en el crisol de la homogeneización
estatal. Por otro lado, la antropología crítica que vio la luz en 1970, con la
publicación de un pequeño libro de título novelesco: De eso que llaman antropología mexicana. Ese libro fue influenciado
por la “nueva sociología” mexicana cuyo epítome fue La democracia en México (1965),
de Pablo González Casanova, en donde se teorizaba sobre el colonialismo
interno de las élites mexicanas con los distintos grupos subordinados como
el campesinado y los pueblos indígenas. Sin embargo, lo que comenzó como
cuestionador del dogma indigenista, se parapetó en otro dogma, el culturalistamente
político, hasta el punto de criticar la infraestructura básica –carreteras,
electricidad, etc.- que el Estado mexicano realizaba en las regiones indígenas.
Entre estas dos percepciones y proposiciones dualistas y excluyentes, está la
importancia del diálogo intercultural entre el derecho positivo y la
sensibilidad (no acrítica) que posibilita la antropología jurídica de las
comunidades actuales.
En
ese sentido, el trabajo intercultural de Méndez gira en torno a presentar las
voces de las mujeres de Huehuetla sobre tópicos de la “costumbre machista”, del
patriarcado indígena. Es un intento loable por crear, con nuevas
reinterpretaciones presentadas por las mismas mujeres huehuetlecas, una
comunidad más incluyente y respetuosa de las cuestiones de género. Si existe un
“deber cultural” de las mujeres huehuetecas, las nuevas generaciones de
huehuetlecos tienen un nuevo deber: dejar de verlas como "úteros generadores de
vida y continuidad”, y empezar a verlas, siguiendo a Méndez, como complementos
irradiantes de las constantes recreaciones culturales de la cultura huehuetleca.
[1] Krotz, Esteban. 2002. Antropología
jurídica: perspectivas socioculturales en el estudio del derecho, España,
Anthropos y Universidad Autónoma Metropolitana.
martes, 15 de abril de 2025
Del katún de la Xcaretización: ¿sigue siendo el pueblo maya de Quintana Roo "un pueblo en marcha"?
Por Gilberto Avilez
Asiento en este nuevo pliego de este Chilam virtual, lo
siguiente:
Vivimos en el tiempo del katún de la Xcaretización. Y estos
pueblos depauperados por injusticias históricas, pueblos donde resuena la
historia de lucha y defensa autónoma de los mayas verdaderos de mediados del
XIX (no los vulgares xcaretitos de hoy) se convierten, en esta perspectiva
ladina, en "lugares turísticos" para el gringo "conquiro".
Y de esto, ya se sabe: rumian y aplauden los defensores de la
más palurda Xcaretización.
En el reino de la infamia turística y sus avatares
comunitarios, rurales, todo se vende, todo es turístico, un souvenir que se
compra con euros o dólares, pero los
mayas verdaderos, los pocos que van quedando por tanta marginación, racismo y
blanquitud educativa, seguirán siendo el staff de la trastienda del turismo,
algunos entenderán que esto es la verdad incontrastable de la vida, harán tesis
sobre ello, de que el turismo es como el
cristianismo que les llegó a la cabeza de sus ancestros: una forma de divina
providencia que no se tiene que cuestionar, que no se tiene que disentir, so
pena de ser tachado de idólatra, hereje o apóstata de la única fe verdadera, la
fe en el Cristo-turístico.
martes, 1 de abril de 2025
Documentos para la historia de Quintana Roo: el combate a la langosta en el aislado Territorio de Quintana Roo del año de 1941
En los años terribles de la langosta
(principios de la década de 1940), la lejanía y condición de aislamiento del
Territorio de Quintana Roo, impidió que el gobierno de ese estado, presidido
por Gabriel R. Guevara, combatiera con rapidez a las mangas voraces de langosta
que surcaban toda la Península. Fueron años terribles que se puede indagar en
los archivos y en las memorias orales de la gente.
Lo interesante de este documento que
presento, es que un antiguo almirante, el tamaulipeco Othón Pompeyo Blanco Nuñez
de Cáceres (1868-1959), que las consejas croniqueras lo designan como fundador
de Chetumal en 1898, escribe una respuesta en 1941 que sería satisfactoria para
que el combate a la langosta en el viejo Territorio que conocía a la perfección
don Pompeyo, se realizara.
El fundador de Chetumal, recordemos,
fue parte de la armada porfiriana. Othon P. Blanco firmaría, en nombre de la
armada nacional vencida por los ejércitos revolucionarios, la segunda acta de
los Acuerdos de Teoloyucan, el 13 de agosto de 1914, sobre el guardafangos de
un automóvil frente al general de división Álvaro Obregón y el general de
brigada Lucio Blanco.
Othón Pompeyo Blanco, con el tiempo, regresaría
a prestar sus servicios a la armada que se crearía de las ruinas del estado
porfiriano.
sábado, 15 de marzo de 2025
Colonia Guadalupe: un núcleo agrario independiente del ejido de Peto
Bajando del autobús de Mérida a
Peto, pedí a un “tricitaxista” que me llevara, pues traía libros y documentos.
En el trayecto, señalé que no llovió en el pueblo, pensaba que sí, porque en
buena parte del camino la lluvia estuvo dale que dale. El hombre, como de 30
años, me contestó: "Pues no, no vinieron los chakes, y eso no va a estar
bueno para los cítricos ni para la siembra..." Estas palabras
desencadenaron unas preguntas incisivas que le hice al "obrero del pedal":
que si se dedica a la milpa, o si tiene una parcela donde siembra. Me dijo que
en la "temporada alta", trabaja de cocinero en Playa del Carmen, y
que cuando no hay mucho trabajo, se regresa al pueblo y se va a “unas tierras”
donde tienen cítricos, algunas colmenas, etc, y donde siembra maíz, frijol,
calabazas, ibes, camote y yuca. Al final, justo enfrente de la puerta de mi
casa, me dijo que su ejido es el ejido Guadalupe...y mi memoria trajo a cuento
un caso que se presentó cuando la ampliación de ejidos a la villa de Peto, en
los años 70, durante el periodo de Luis Echeverría.
Por tener problemas con el
comisariado ejidal en la década de los 70, porque para esas fechas las “mencionadas
Autoridades Agrarias de Peto, desean formar un Ejido ganadero en nuestra
“Colonia””., los labriegos de la “Colonia Guadalupe” pidieron, en 1973,
que “se nos otorgue independencia
respecto del Ejido de Peto, dándole categoría de ejido a la Colonia Guadalupe y
se nos reconozca los derechos agrarios sobre dichas tierras”. Nunca obtuvieron
esa independencia, pero los labriegos lograron parar las intenciones de las
autoridades agrarias del comisariado petuleño.
En 1936 fue el inicio de la
historia de esta “Colonia Guadalupe”, pues como decían en su carta del 20 de
agosto de 1973, los campesinos de esa “Colonia”, le decían al C. Jefe del Departamento de Asuntos Agrarios y
Colonización, lo siguiente:
Los suscritos campesinos de
la “Colonia Guadalupe”, ubicada en la Villa de Peto, Yucatán, México, por medio
del presente memorial acudimos ante usted en solicitud de Justicia para el caso
que inmediatamente exponemos: En el año de 1936, los campesinos de Macmay,
población del Municipio de Peto, Yucatán, nos invitaron a los campesinos que
nos encontrábamos trabajando tierras de “La Ermita”, finca ganadera de la
propiedad del señor Fernando Lara, quien nos alquilaba parte de dicha finca
mediante una renta mensual, para verificar una asamblea con el fin de que
unidos hiciéramos una solicitud de Dotación de tierras, para que dejásemos de
pagar por las tierras que cultivábamos.
Para esto, fue designado un ingeniero, quien junto con los campesinos de
Macmay y los arrendatarios de las tierras de “La Ermita” deslindaron las
tierras, y a la Ermita, con anuencia de su propietario, se le fraccionó una
franja de varios cientos de hectáreas, “que ahora venimos a enterarnos que son
2,009 hectáreas”. Estas 2009 hectáreas entraban a formar parte de las 11,850
hectáreas para el ejido de Peto, dado por Resolución presidencial el 19 de
julio de 1929. De 40 a 50 labriegos de
Macmay y ex arrendatarios de “La Ermita” las comenzaron a trabajar , y debido a que carecía de agua en dicho lugar,
los campesinos tenían que “caminar tres kilómetros y medio para conseguirla”.
Fue entonces cuando se decidió hacer un pozo para facilitarles el trabajo de
las siembras:
“En virtud de esa
circunstancia, los señores Antonio Pech, Apolonio Pech y Rufino Dzul, dieron la
idea de abrir un pozo en dicho lugar, para lo cual solicitaron previamente
autorización de las autoridades municipales y ejidal de Peto, y una vez
obtenido dicho permiso, invitaron a los campesinos que trabajábamos dichas
tierras, para ver la forma de cooperar para la realización del pozo”.
De todos los campesino, 25 cooperaron para dinamitar la laja, sacar tierra
y llegar al manto freático.
Para hacer el pozo, de
los campesinos de ese lugar, de los 40 o 50, cooperaron 25, de los cuales han
fallecido seis y se han desavecindado 4.
Una vez hecho dicho pozo, los 25 participantes decidieron nuevamente
dividir la extensión de las 2009
hectáreas, en una franja de 600 hectáreas alrededor del pozo para que 40
campesinos (25 socios fundadores y 15 más que se les agregaron, que eran hijos
de algunos de los 25 “fundadores”). Esta segunda división, se llevó en el año
de 1952. El Comisariado Ejidal y la mayoría de los ejidatarios de Peto, en
asamblea general celebrada el 10 de mayo de 1952, “acordaron solicitar de la
Delegación Agraria su apoyo para que se verifique el deslinde de la Colonia
Agrícola Guadalupe, ubicada dentro del ejido definitivo del poblado de Peto,
mandando la documentación correspondiente para que la Superioridad resuelva lo
que corresponda”. El 8 de julio de ese año, un ingeniero de la Delegación
Agraria llevó a cabo el deslinde y levantamiento topográfico de las hectáreas
para la formación de dicha “Colonia Ejidal”, con 40 socios. Las 600 hectáreas
de la Colonia, se encontraban, como es lógico, en los alrededores de dicho
pozo. Los 40 socios formaron:
[…] un comité que llamamos
Pro-embellecimiento de la Colonia Guadalupe, llamada así en honor de nuestra
Patrona, la Virgen de Guadalupe, comité que existe en la actualidad (1973), ya
reorganizado, pues desgraciadamente no contamos con la ayuda y asesoramiento de
las Autoridades Agrarias de la Villa de Peto, Yucatán, lugar donde pertenece
nuestra Colonia.”
Pero en 1973, los 40 socios de la Colonia Guadalupe, decidieron separarse
definitivamente del Comisariado Ejidal, por las supuestas razones
Se construyó un pozo en el lugar,
y cada aniversario de la fundación del pozo, los labriegos hacían ceremonias
agrícolas (las "primicias", el chachac) para conmemorar un año de ser
independientes del ejido de Peto. Los labriegos del "ejido Guadalupe"
dividieron sus 500 hectáreas de terrenos ejidales, y aunque no se separaron
jurídicamente (imposible por ser resolución presidencial), han trabajado su
tierra de forma autónoma como una especie de ranchería, y así siguen, hasta la
fecha.
Yo creía que eso era cosa del
pasado, pero de la plática entre emocionada de mi parte, y el asombro y extrañeza
de Armando Tziu (ese es el nombre del tricitaxista que me sintetizaba la
historia agraria de su "ejido") al ver que le enseñaba las
transcripciones de unos documentos que
le atañen a él, a los suyos y a la memoria de sus "bisabuelos",
Armando me dijo que "el domingo viene mi tío a verlo para platicar con
usted..." Yo le dije: mejor quitémosle el cansancio a tu tío, y yo me
presento a su casa..." Quedamos que Armando le preguntaría a su tío y a los demás miembros del grupo de
descendientes de los antiguos labriegos que en 1936 decidieron separarse del
ejido de Peto y formar uno nuevo, si era posible una plática para conocer la
historia oral de la "Colonia Guadalupe".
martes, 4 de marzo de 2025
Cuando Yucatán perdió la selva oriental: la creación del Territorio de Quintana Roo
Por
Gilberto Avilez Tax (texto publicado el 20 de noviembre de 2019)
Es un hecho incuestionable
que la Guerra
de Castas de Yucatán (1847-1902) fue un fenómeno regional, y es un claro
ejemplo de un proceso histórico local que, sin embargo, tuvo nexos nacionales e
internacionales. Su singularidad estriba en que esta guerra de más de 50 años
influyó en la configuración político-territorial de la Península: el desmembramiento,
primero, de Campeche en 1858, y la creación del Territorio de Quintana Roo en
1902, por decreto presidencial porfiriano del 24 de noviembre de ese último
año.
Si podemos
hablar de uno de los padres fundadores del Territorio de Quintana Roo, se lo
debemos a aquel viejo soldado tuxtepecano que a finales del siglo XIX oyó las
sirenas capitalistas resoplando sus intereses en la selva o costa oriental de
la Península, un extenso territorio ganado con sangre y fuego por los
aguerridos cruzoob en la medianía del XIX, y en donde habían fomentado, vía la
ayuda necesaria de los ingleses del lado derecho del Hondo, una sociedad
autónoma e independiente.
Desde los últimos años del siglo XIX, tanto en la ciudad de
los barones del henequén, Mérida, como en el Palacio donde regenteaba con pleno
dominio el general Díaz, comenzó a circular una serie de noticias de una
interminable riqueza forestal que guardaban las tierras del oriente peninsular,
que estaban fuera de la jurisdicción estatal debido a la guerra que la
“barbarie” indígena hacía a la “civilización yucateca”. Tierras ricas que,
además, servían como fuente para los mayas rebeldes para hacerse de recursos
como pólvora y armas, así como para avituallarse. Esto lo había apuntado Hübbe
desde las páginas de El Eco del Comercio,
entre 1880 y 1881: “Desde las márgenes del Río Hondo, hacia el interior de extensos
bosques de las maderas más útiles y valiosas cubran estas comarcas de la Península,
y dedicándose a su explotación, los indios con facilidad adquirían los medios
de pagar el valor de los efectos que la colonia de Belice les proporcionaba”.
Entonces, es de entender que la guerra que se emprendiera
por tierra y mar a partir de 1895, así como por las relaciones diplomáticas que
Díaz dispuso con la corona inglesa (los tratados Mariscal-Spencer significaron
el fin del tráfico de armas británicas hacia Santa Cruz, el cese de las
incursiones de colonos ingleses para la explotación forestal, la delimitación
de la frontera en el sur, y la ayuda inglesa para “pacificación” a los mayas),
tuvieron como objetivo único que el gobierno porfiriano, así como sus adictos
locales, se beneficiaran del rico botín forestal, sobre todo, del fuerte
mercado extranjero en crecimiento de la achras
zapota, o Manilkara Zapota, (el
chicle), como de las riquezas maderables que abundaban en los antiguos territorios
indígenas. Una de las historiadoras que más ha estudiado esto, en los inicios
de la conformación económica del Territorio de Quintana Roo, Teresa Ramayo
Lanz, apuntó en un reciente libro, lo siguiente: El nacimiento de Quintana
Roo en 1902 respondió a la necesidad del régimen porfirista por controlar
políticamente la región peninsular, además de que el gobierno de Díaz quería
los beneficios de la apertura al capital extranjero de la reserva forestal
peninsular (Teresa Ramayo Lanz. Política, economía chiclera y territorio:
Quintana Roo. 1917-1940.
Mérida. Ediciones de la UADY, 2014).
Recordemos que
a finales del siglo XIX, el control del henequén estaba en manos gringas
ayudadas por las oligarquías locales y nacionales, pero estas miras imperialistas
no se restringían a las pedregosas tierras del noroeste henequenero, sino que
miraban igual a las selvas sudorientales.
Díaz dispuso
los mecanismos militares para el control geoespacial, y después, económico de
esta región. Desde luego que contra la erección del Territorio del 24 de
noviembre de 1902 hubo descontentos, como el caso de Francisco Cantón y un
grupo de henequeneros, que vieron perdido ese territorio oriental y que
protestaron airadamente contra la segregación. A estos descontentos, Díaz les
hizo caso omiso, y a los que se plegaron a sus designios (el clan de Olegario
Molina Solís, grupo de la Casta Divina contrario a los cantonistas, entre otros
miembros científicos nacionales) se les premió con vastas extensiones de selvas
en concesión, que sólo pasaría por la federación. Un intento desesperado de
Cantón por correr la división espacial del nuevo Territorio (dejándole a los
yucatecos una parte norte de la costa oriental, a partir de Tulum) y señalando
como razones la diversidad en la producción agrícola (no depender únicamente de
los henequenales, sino fomentar productos tropicales), fue al final desechado
por el gobierno central.
La respuesta
que adujo el gobierno de Díaz, tanto por medio de sus plumas al servicio de sus
intereses (El Eco del Comercio, entre
otros diarios adictos al clan Molina-Montes), como en el Texto íntegro de la iniciativa presentada a la Cámara de
la Unión por el Ministerio de Gobernación. Reforma al artículo 43
Constitucional, fue la nula capacidad –tanto en términos militares como
en lo económico, así como en lo poblacional- del gobierno yucateco para
administrar esta vasta zona que fue durante más de medio siglo, un bolsón de
resistencia indígena. Urgía, entonces, que el gobierno porfiriano proyectara la
creación de una nueva entidad con carácter de territorio federal para la
explotación de la selva, amén de que todo esto tenía por objetivo, señalaban
los porfirianos, la pacificación definitiva de los mayas rebeldes (Ramayo,
ibídem). Era obligatoria una intervención del centro para, según el
razonamiento geopolítico, fomentar el territorio y civilizarlo.
Desde las páginas de los periódicos de la época, dos grupos políticos locales
yucatecos entraron en una serie de polémicas que consistían en apoyar la creación
del Territorio, y otros en cuestionar constitucionalmente el decreto
porfiriano. Por una parte, se encontraba el grupo del gobernador Francisco Cantón,
que dispuso lo necesario para la “pacificación” de los cruzoob; y cuya pluma
más conspicua era su sobrino, el poeta y literato Delio Moreno Cantón, que
cuestionó la legalidad del decreto del 24 de noviembre de 1902, tachándolo de
inconstitucional la modificación del artículo 43 de la Constitución de 1857. El
argumento de Moreno Cantón señalaba que la Cámara de Diputados:
“[…] no estaba facultada para crear
nuevos estados fraccionando los ya existentes, y menos aún podía establecer
territorios. Hacerlo implicaba una violación a la soberanía de los estados y
era, en consecuencia, vulnerar ‘la piedra angular en que descansa el edificio
político de la patria.’ El reclamo podía ir todavía más allá, pues invocando el
artículo 116, se acusaba a la Federación de haber incumplido con este precepto
por lo menos desde la restauración de la República” (Felipe Escalante Tió. Los
conservadores revolucionarios yucatecos. Periodismo, liderazgos y
prácticas de prensa en la construcción del Yucatán revolucionario. 1897 – 1912.
Tesis Doctoral en Historia. CIESAS, 2016, p. 128).
Por el otro, el
grupo de Olegario Molina Solís, que instigó a Porfirio Díaz para que se
respondiera desde la prensa adicta con alegatos contrarios a los cantonistas,
sobre la necesaria erección del Territorio, pues Yucatán no podía, so pena de
despoblarse y quedarse en la ruina, cargar con un territorio reacio por tanto
tiempo al dominio meridano. Al final, triunfaría el ala molinista en todos los
sentidos: en lo político, con la hegemonía molinista en los últimos años del
Porfiriato en Yucatán, así como en lo económico, siendo el clan Molina uno de
los más beneficiados con las concesiones forestales del oriente de la Península.
Documentos para la historia de la creación del Territorio
de Quintana Roo
Como parte de las
conmemoraciones del 117 aniversario de la erección del Territorio de Quintana
Roo, insertamos para los lectores de Noticaribe dos documentos históricos que esencializa
las razones porfirianas para la erección del Territorio, razones que llevan
implícitas las objeciones de los yucatecos como Francisco Cantón que estuvieron
en contra de otro desmembramiento de lo que alguna vez fue designado como el
Gran Yucatán (la desmembración del espacio peninsular a lo largo del siglo XIX
que incluía el Petén guatemalteco, Campeche, Belice y, por último, el
Territorio de Quintana Roo).
La Revista de
Mérida. Diario Independiente. Mérida, Yucatán, sábado 9 de
noviembre de 1901.
“La erección del Nuevo Territorio. Lo que significa para
Yucatán”.
Publicamos en el
número de hoy la inicia íntegra para la erección del nuevo territorio. Por ella
podrá verse que no se sustrae á la obediencia del Gobierno de Yucatán ningún
centro civilizado, que no estuviese ya sustraído de hecho desde 1847.
Mientras no se había empezado la campaña contra los mayas, el territorio
que ocuparon fue guarida de sus hordas y amenaza constante para las poblaciones
fronterizas, que durante medio siglo sufrieron el amago de las correrías é
invasión de los salvajes.
Estando la Nación en paz, se trató
entonces no sólo de abrir una campaña para reducirlos al orden sino para
civilizarlos; procurar por la colonización el aumento de los habitantes de la
República; aprovechar la costa para abrir puertos: cubrir y reforzar las
fronteras y hacer surgir nuevas fuentes de riqueza.
Es decir que la obra presenta dos
fases: la puramente militar ó de reconquista y la de de hacer ésta duradera,
eficaz y útil para el país. Estamos todavía á la mitad de la primera faz y en
los cuatro años de campaña, Yucatán ha podido convencerse de que el tributo de
sangre y de dinero que exige la guerra es por todo extremo ominoso.
Dinero y sangre: he aquí los únicos
medios que permiten llevar á cabo la magna emresa proyectada, que cada día
tiene mayores exigencias. Veamos si el Estado puede proporcionar por más tiempo
este contingente y fijándonos primero en la cuestión de los fondos públicos, no
han bastado las entradas ordinarias y ha habido qué contratar un empréstito
para sufragar los gastos indispensables de nuestros guardias y trabajadores que
han estado abriendo y defendiendo los camino, u es evidente para todos que, en
punto á gastos, los hechos hasta aquí, son apenas los primeros, pues aún falta
terminar la reconquista, aún falta la conservación del territorio adquirido y
el cubrir con fuerzas las fronteras, los cantones militares y los puntos
estratégicos.
Y todo esto no es más que el inicio de la gran idea, y por mucho que haya
costado…resultará pequeña comparándola con la que hay qué gastar para hacer
útil la obra de pacificación.
Aún aceptando, pues, que ésta ya
estuviese terminada, cáese de su peso que nuestro Estado no podría gastar los
millones que requieren el atraer inmigración, fundar pueblos, abrir puertos,
hacer buenos caminos y desarrollar en los lóbregos campos insalubres, elementos
de engrandecimiento.
¿Qué haría Yucatán si el Gobierno General, una vez terminada la reconquista
del territorio, lo dejara en nuestras manos para gobernarlo? Ni cunado el Estado
tuvo doble número de habitantes pudo su Gobierno hacer llegar su aliento hasta
la remota costa oriental, ni la vecindad de la colonia inglesa de Belice.
Por tanto, este territorio que no ha
estado de hecho sometido á la acción administrativa de los poderes del Estado,
sin la positiva y eficaz autoridad federal, sería un refugio para los
malhechores y nuevo cauce donde se desviarían en anárquicas corientes los
brazos y elementos de nuestro Estado.
Basta estas consideraciones para
demostrar que á Yucatán no conviene en manera alguna recibir una carga tan
desproporcionada con sus recursos pecuniarios;
pero esta verdad se impone con más fuerza cuando se medita en lo que
significa el segundo factor de la campaña: la contribución de sangre.
Esta contribución que horroriza a las
madres, la pagado Yucatán desde el principio de la campaña, y durante cuatro
años ha sentido removerse en su seno tal hondo malestar, sin proferir una
queja, sin desmayar un día en la obra redentora emprendida para atraer a la civilización
a nuestros hermanos descarriados.
Con la contribución de sangre, quedan sangrando los pueblos “porque nuestra
población es muy reducida y cada vez que vuelven hidrópicos y extenuados los
que contrajeron fiebres y disenterías sirviendo a la patria, se palpan las
bajas numerosas que sufre la población yucateca.
En fin que:
“Ni sus recursos,
ni su población le permiten [a Yucatán] conservar esa región, y si alguno, de
pronto, al tener noticia de que se trata de cercenar el territorio del Estado,
sintiese herido su amor a Yucatán, con un poco de reflexión vería que mucho
perderíamos conservando esa gran extensión que nos ha sido hostil; y, por el
contrario, con la erección del nuevo territorio, se dilatará el espacio en que
ondée nuestro emblema nacional y se ampliará el campo para el espíritu
emprendedor de los yucatecos.
Se tiene el deseo de que el Gobierno
Federal: “en porvenir no muy remoto, hará práctica y útil la empresa,
convirtiendo las llanuras y los bosques, en terrenos de labranza para las
subsistencias; creando la industria que es campo de actividade provechosas, y
estableciendo el comercio, fuente de riqueza y prosperidad en todos los países.
Así, en vez de desiertos y territorios inútiles, tendremos, al alcance de la
manao, centros poblados y civilizados con cuyas relaciones mejorará en todos
los sentidos el porvenir de Yucatán”.
La erección del Territorio federal en Yucatán. Extracto
del Texto íntegro de la iniciativa presentada a la Cámara de la Unión por el
Ministerio de Gobernación. Reforma al artículo 43 Constitucional. (Por
telégrafo para LA REVISTA).
Un sello que dice:
“Secretaría de Estado y del Despacho de Gobernación. México. –Sección 2ª Número
4,388.”
“[…] en esa
extensión del territorio reconquistado, se carece de administración legal,
regulada, bajo cuyo amparo se estimule la colonización de las comarcas hasta
hoy desiertas y se promuevan y se lleven a cabo la multitud de trabajos
materiales y providencias administrativas que hoy, más que nunca, se hacen
necesarias para devolcer aquella región a la vida civilizada. Esta empresa, que
demanda una suma de poder y de gastos que no están al alcance de los gobiernos
locales, debe, por ahora, en concepto del Ejecutivo, correr á cargo de la
Federación; y por tales consideraciones, juzga indispensable que se erija en
territorio federal que llevará el nombre de Quintana Roo, la porción
conquistada en el Estado de Yucatán y que será determinada conforme se indica
en el adjunto plano, por la siguiente línea divisoria.
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